Un cuento de Pío Baroja
La
noticia corrió de boca en boca. Marichu, la mujer del caserío Aitola, tenía una
enfermedad rarísima, que se le había presentado dos o tres semanas después del
parto. Tan pronto comenzaba a reír con estridentes carcajadas, como lloraba
amargamente y prorrumpía en desgarradoras quejas.
Corrieron
los rumores de que tenía los demonios en el cuerpo, y se dijo también que un
hombre misterioso, al pasar junto al caserío de Marichu, y al mirar a ésta, le
había hecho mal de ojo.
La
curiosidad de los labradores vecinos estaba excitadísima, las conversaciones
abundaban; unos opinaban que lo mejor era avisar al cura, otros creían más
lógico el llamar a una vieja gitana, medio mendiga y medio bruja, que tenía
fama de curar el mal de ojo a las personas y a los animales.
Un
día dos muchachas de la vecindad se impresionaron tanto al ver a la enferma,
que comenzaron a reír y a llorar con ella, y con este motivo y como primera
providencia, se avisó al cura del pueblo. El cura bendijo la casa, conjuró a
los espíritus para que salieran del cuerpo de la poseída; pero los exorcismos
suyos no produjeron efecto alguno. Entonces se llamó a la gitana.
Llegó
ésta en seguida de ser avisada y se instaló en la casa. Hizo sus preparativos.
Cosió una almohada con tela de sacos, la llenó de salvado, después retorció
varias ramas secas, y con ellas formó dos antorchas.
Por
la noche, a las doce en punto, entró en el cuarto de la enferma, y sin hacer
caso de sus gritos ni de sus lamentaciones, le ató a la cama. Luego encendió
las dos antorchas e hizo que Marichu apoyara la cabeza en el saco de salvado
mientras que ella rezaba. A veces se interrumpía y obligaba a la enferma a
tragar un terrón de sal; otras veces murmuraba por lo bajo el nombre de los
tres reyes magos…
Al
día siguiente, Marichu estaba curada.
Pasaron
siete días, y, al cabo de ellos, la suegra de Marichu, que la odiaba, la
insinuó una idea terrible: le dijo sonriendo, con una sonrisa extraña, que si
se había curado era haciendo pasar su enfermedad al cuerpo de su hijo, del hijo
mayor; por eso el niño estaba siempre triste. Y era verdad; desde aquel
momento, el niño, que era muy hermoso, se fue poniendo pálido, muy pálido, y
dejó de sonreír alegremente. Una noche quedó frío, acurrucado en el regazo de
su madre, con los ojos abiertos. Un moscardón muy negro anduvo revoloteando
junto a él…
La
madre siguió meciendo al niño, y viendo que no despertaba le envolvió en un
mantón salió de casa y tomó la vereda que conducía a la casa de la vieja
mendiga.
Iba
haciéndose de día; un montón de nubes blanquecinas se deshilachaban en el azul
pálido del cielo, el sol, tibio y sin fuerza, empezaba a iluminar las cumbres
de los montes, cubiertas de aliagas de amarillenta flor y de helechos mustios y
rojizos.
En
la cima del monte, Marichu se detuvo para tomar aliento; el viento frío le hizo
temblar y estremecerse…
En
una hondonada estaba la vivienda de la vieja, una antigua casa destruida por
las llamas, que la gitana había ido restaurando poco a poco. Marichu entró sin
llamar. A la luz de una hoguera que ardía en el suelo se veía el interior de la
casa, que no tenía más que un cuarto; en el fondo de éste había una cama sobre
un montón de tierra, y a los dos lados, en las paredes, unas cuantas vigas
servían de vasares, y sobre ellos estaban colocadas un sin fin de cosas
inútiles cogidas por los caminos, clasificadas por orden de tamaños: jarros sin
asa, pucheros cascados, barreños sin fondo.
Junto
a la hoguera, la vieja mendiga hablaba con un hombre decrépito, encorvado y de
pelo blanco.
—¿Eres
tú? —preguntó a Marichu la mendiga al verla, con voz ronca— ¿A qué vienes a mi
caserío?
—A
que veas a mi hijo.
—Está
muerto —dijo la gitana después de contemplarle.
—No.
Está dormido. ¿Qué le daré para que despierte?
—Te
digo que está muerto; pero si quieres haré un cocimiento con siete plantas…
—Gitana
—dijo entonces el hombre—, lo que vas a hacer no servirá de nada. Si quieres
despertar a tu hijo —añadió, dirigiéndose a Marichu, mirándole fijamente con
sus ojos grises, que brillaban bajo las cejas blancas—, no tienes más que un remedio:
que te alberguen en una casa en donde la familia que viva bajo su techo no
recuerde una desgracia próxima. Anda, ve a buscarla.
Marichu
salió de la casa con el niño en brazos, y, sin esperar más, fue recorriendo los
caseríos de los alrededores. En uno acababa de morir el padre; en otro volvía
el hijo del servicio declarado inútil, con los pulmones llenos de tubérculos y
un par de meses de vida; aquí se moría una madre, dejando cinco niños
abandonados; allá, un enfermo marchaba a un asilo de la capital, porque ninguno
de sus hermanos, que estaban en holgada posición, querían recogerle.
Del
campo, Marichu fue a la aldea, y de la aldea pasó a una gran ciudad, y luego a
otra y a otra, y en todas partes reinaba la tristeza y en todas partes el
dolor. Cada pueblo era un inmenso hospital lleno de carne enferma, que se
quejaba con gritos delirantes.
El
remedio del viejo era imposible de emplear. A todas partes llegaba la
desgracia; a todas, la enfermedad, a todas, la muerte.
No,
no, había remedio; era necesario vivir con el corazón apenado; era necesario
tener como compañeros de la existencia a la tristeza y al pesar.
Marichu
lloró, lloró largo tiempo, y luego, con una desesperación tranquila, volvió a
su casa a vivir al lado de su marido.
*FIN*
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