17 noviembre 2025

CON MANDO EN PLAZA

 

El instante en que el mundo cambió para no volver a ser nunca igual lo veo con tanta frecuencia, que ningún día se parece a otro.

Soy un perfecto cuadrilongo aunque desde siempre he sido La Plaza, dejaré para el final los distintos nombres de mi longeva identidad. Sigo inmóvil pero cambio con cada remodelación de pavimento, luminaria, toldos o el paisaje circundante. Mi lenguaje tampoco es antiguo, se renueva conmigo. La admiración de propios y extraños, éstos últimos ya demasiado abundantes, me hacen sentir como una vieja recién nacida. No en vano tengo el honor de ser el espacio urbano más antiguo de Málaga.  

Solo relataré unos breves apuntes de mi existencia.  

Por mi origen musulmán y mi privilegiada situación pude ser un ágora, mercado o simple espacio de reunión popular. También cristiana, cuando los edificios o casas nobles de mi entorno formaron parte de la vida política, religiosa y administrativa, repartida entre ciudadanos ilustres, capitanes, soldados y servidores de reyes.

Soy única y polivalente. Sobre mi suelo se han celebrado mercados, ferias y fiestas, manifestaciones y reuniones de todos los colores. También ajusticiamientos, peleas, corridas de toros, paradas militares, teatro, procesiones y un largo etcétera.

Lo mismo he visto baños árabes, fuentes y monumentos, que la Audiencia, escritorios públicos o el Ayuntamiento, pero siempre fui y seré un lugar para las necesidades del pueblo. De las galerías porticadas solo me queda la nostalgia. El Pasaje de Chinitas es uno de mis tesoros porque desde él, y en el silencio de alguna madrugada, me llega el eco lejano de unas malagueñas. El duende del cante y el baile flamenco se ha quedado prendido en el enrejado y sus faroles.

Tuve una vecina inolvidable: Una joven llamada Sabina Muchart. Su pasión por la fotografía la llevó a montar un estudio con su hermano menor en la tercera planta de un edificio con vistas a mi Plaza. Fue un establecimiento al nivel de las grandes ciudades europeas. Sin embargo, Sabina, después de años de actividad y a la muerte de su hermano, debió registrarlo con la razón social de «S. Muchart».

Conocedora de la época en que vivía y de que esa profesión tenía un marcado sello masculino, tomó la inteligente decisión de poner solo la inicial de su nombre, eso hizo creer que «S. Muchart» era un hombre. Muchos curiosos de su tiempo ignoraban que el cartel presente en la memoria colectiva durante más de treinta años, escondía una historia por la identidad de su protagonista. Descubrir el origen de esa S se convirtió en un auténtico reto para algunos historiadores buscando archivos y documentos hasta despejar la incógnita de aquella letra.



Otro vecino que echo de menos es el Café Central con su aroma inconfundible impregnando el aire. Creó la carta más amplia de las distintas maneras de servir un café. Era su denominación de origen, extendida pronto a toda la ciudad.  El comienzo fue en los duros años de la posguerra y debido a la escasez del preciado grano, al propietario se le ocurrió hacer un cartel con las variedades más solicitadas de cafés, bautizándolas con imaginación y según la cantidad justa pedida en cada vaso. Era una forma de no desperdiciarlo. En principio fueron nueve y por querer emular los diez mandamientos, cafeteros en este caso, la ocurrente idea de un camarero decidió añadir el «no me lo ponga».

 

En la pared más visible de su interior colgaba una cerámica realizada por Amparo Ruiz de Luna, donde sus azulejos mostraban esas diez formas de servir el café. 



Lo prometido es deuda y ahí van los nombres con los que la historia me ha bautizado: Plaza Mayor, de las cuatro calles, Real, de Isabel II, de la Constitución, del 14 de Abril, de José Antonio Primo de Rivera y nuevamente de la Constitución.

 

     Esperanza Liñán Gálvez


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Por favor: Se ruega no utilizar palabras soeces ni insultos ni blasfemias, así todo irá sobre ruedas.
Reservado el derecho de admisión para comentarios.

Buscar