El instante en que el
mundo cambió para no volver a ser nunca igual lo veo con tanta frecuencia, que
ningún día se parece a otro.
Soy
un perfecto cuadrilongo aunque desde siempre he sido La Plaza, dejaré para el
final los distintos nombres de mi longeva identidad. Sigo inmóvil pero cambio con
cada remodelación de pavimento, luminaria, toldos o el paisaje circundante. Mi
lenguaje tampoco es antiguo, se renueva conmigo. La admiración de propios y
extraños, éstos últimos ya demasiado abundantes, me hacen sentir como una vieja
recién nacida. No en vano tengo el honor de ser el espacio urbano más antiguo
de Málaga.
Solo
relataré unos breves apuntes de mi existencia.
Por
mi origen musulmán y mi privilegiada situación pude ser un ágora, mercado o
simple espacio de reunión popular. También cristiana, cuando los edificios o casas
nobles de mi entorno formaron parte de la vida política, religiosa y
administrativa, repartida entre ciudadanos ilustres, capitanes, soldados y servidores
de reyes.
Soy
única y polivalente. Sobre mi suelo se han celebrado mercados, ferias y fiestas,
manifestaciones y reuniones de todos los colores. También ajusticiamientos,
peleas, corridas de toros, paradas militares, teatro, procesiones y un largo
etcétera.
Lo
mismo he visto baños árabes, fuentes y monumentos, que la Audiencia, escritorios
públicos o el Ayuntamiento, pero siempre fui y seré un lugar para las
necesidades del pueblo. De las galerías porticadas solo me queda la nostalgia. El
Pasaje de Chinitas es uno de mis tesoros porque desde él, y en el silencio de
alguna madrugada, me llega el eco lejano de unas malagueñas. El duende del
cante y el baile flamenco se ha quedado prendido en el enrejado y sus faroles.
Otro vecino que echo de menos es el Café Central con su
aroma inconfundible impregnando el aire. Creó la carta más amplia de las
distintas maneras de servir un café. Era su denominación de origen, extendida
pronto a toda la ciudad. El comienzo fue
en los duros años de la
posguerra y debido a la escasez del preciado grano, al propietario se le
ocurrió hacer un cartel con las variedades más solicitadas de cafés,
bautizándolas con imaginación y según la cantidad justa pedida en cada vaso.
Era una forma de no desperdiciarlo. En principio fueron nueve y por querer emular
los diez mandamientos, cafeteros en este caso, la ocurrente idea de un camarero
decidió añadir el «no me lo ponga».
En la pared más
visible de su interior colgaba una cerámica realizada por Amparo Ruiz de Luna,
donde sus azulejos mostraban esas diez formas de servir el café.
Lo prometido es deuda y
ahí van los nombres con los que la historia me ha bautizado: Plaza Mayor, de
las cuatro calles, Real, de Isabel II, de la Constitución, del 14 de Abril, de
José Antonio Primo de Rivera y nuevamente de la Constitución.
Esperanza
Liñán Gálvez



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