08 agosto 2025

UNA EDUCACIÓN DIFERENTE

 

Las personas de más avanzada edad suelen referirse con paciente nostalgia a los tiempos pretéritos de su infancia, adolescencia y juventud. Muchos de estos “mayores, en edad y experiencia, afirman que aquellas décadas de la pasada centuria (años cincuenta, sesenta o incluso setenta, fueron mejores en la aplicación de valores y comportamientos. Específicamente, se refieren a que los jóvenes de tan lejana época tenían una mejor educación con respecto a la que hoy perciben en la realidad de su entorno geográfico, próximo o lejano. Consideran y sufren que hoy predomine la “mala educación” en casi todos los órdenes de la vida que de mayores protagonizan.

El concepto de la buena o deficiente educación no es difícil de comprender. Si un alumno de primaria le preguntara a su maestro qué es la buena educación, el docente le respondería con ejemplos fáciles de entender: respetar y ayudar a los demás. Cumplir fielmente las normas establecidas. Podría aclarar, tratar bien a los demás, como desearías que lo hicieran contigo, ahora o cuando fueras mayor.

En aquellos tiempos remotos de nuestras infancias, era tradición que, principalmente, fuesen los padres y algunos familiares quienes educasen a los hijos. La escuela tradicional, además de enseñar las materias, también colaboraba en la educación de sus alumnos. Había colegios que establecían premios a la puntualidad, al continuo respeto de padres y profesores, al esfuerzo por estar bien aseados, a la aplicación de buenos modales, etc. Incluso se dedicaban algunas horas a la semana para la clase de “urbanidad” en las formas de vestirse, estar en la mesa durante las comidas y en el respeto inexcusable a los padres y personas mayores. Los padres castigaban severamente a sus hijos, si éstos habían sido castigados en la escuela por alguna falta a las normas establecidas por los maestros. Había una frase que muchos recordamos con preocupante emoción ¡Que no me entere yo que le has faltado al respeto a tu maestro/a!



Pero los tiempos y los hábitos evolucionan hacia los cambios, que no siempre son positivos. Hoy, en general, la autoridad y el respeto familiar languidece. Los padres están al servicio de los hijos, incluso mucho después de que éstos cumplan la mayoría de edad. Los hijos trazan pronto su propio camino, aunque siempre tienen y exigen el seguro de la protección (que demandan en todas las edades) de sus padres, lo cual no siempre va acompañada de la justa reciprocidad. Los valores educativos no se trabajan en los centros escolares (tal vez si lo hagan en los colegios de titularidad religiosa). Los padres van cediendo y perdiendo protagonismo en el ámbito educacional, mientras en los colegios y escuelas se enseñan los rutinarios contenidos curriculares. Las habilidades y valores sociales y familiares deberían trabajarse en las aulas con especial intensidad. ¿Quién les dice a los jóvenes cómo deben comportarse en las calles, jardines y plazas, en las salas para los espectáculos, en las cafeterías y centros comerciales?  ¿Qué podemos decir de todas esas desafortunadas y feas pintadas y grafitis que ensucian fachadas y establecimientos privados o públicos? En cuanto al deterioro del mobiliario urbano y los jardines públicos, es una penosa muestra de los valores tradicionales que hoy dejan de cultivarse.




El inadecuado comportamiento de muchos jóvenes y adultos en el transporte público pone de manifiesto la muy deficiente educación que aquellos “atesoran”. Tanto en las paradas de los autobuses y en el interior de los vehículos. En aquellos lejanos tiempos en que la educación era diferente, los autobuses llevaban dos autoridades: el conductor y el revisor / expendedor de tickets. El primero centraba su esfuerzo manejando con pericia el volante, mientras que el segundo controlaba el orden en el interior del bus. Hoy, con los vehículos articulados, el conductor ha de abrir y cerrar las puertas, controlar que todos los viajeros pasen los bonobuses por el lector electrónico o paguen en efectivo el billete disuasorio. Todo su esfuerzo ha de centrase en conducir esos vehículos, algunos de más de 16 metros por el difícil laberinto urbano de la ciudad. No pueden vigilar la parte trasera de esos largos vehículos municipales. Entonces los gamberros, los ineducados, los amantes del daño, ensucian, pintan, arañan, rompen asientos, rayan los cristales de los ventanales. Nadie se atreve a llamarles al respeto o a decirles frase alguna, porque las respuestas y consecuencias pueden ser harto desagradables. Vemos y soportamos que vayan ancianos de pie y niños o adolescentes sentados. Las chucherías campan por sus respetos, ensuciando el interior del vehículo. Algunos ponen los pies en los asientos o reposabrazos de otros asientos. Es evidente que estos jóvenes han recibido y asimilado una “peculiar y muy desafortunada educación” de las redes sociales, en las que son bastante diestros. Llegamos a preguntarnos qué tipo de formación darán a sus descendientes, cuando les corresponda crear una familia. En el penoso comportamiento de estos niños y jóvenes se refleja la nula “educación” que reciben en la casa familiar, aunque también es cierto que la enorme la influencia social y el poderío de las redes sociales, a través de los móviles, ha eclipsado la autoridad e influencia de unos padres muy superados o desbordados en su capacidad de influencia educativa. Parece que ahora hay padres que “temen” a sus hijos.


Un grave problema que afecta a la seguridad de todas las personas, pero de manera especial a los ciudadanos mayores y de avanzada edad, es el riesgo de ser lesionados por los monopatines eléctricos. También podría añadirse al uso de las bicicletas. Este medio de locomoción es utilizado mayoritariamente por adolescentes y jóvenes, aunque hay también adultos que se trasladan en estos versátiles vehículos (antiguas patinetas) puestos en la actualidad tan de moda. El problema es el incivismo de quienes los conducen, pues apenas utilizan las calzadas para desplazarse, sino las aceras peatonales. Se desplazan a gran velocidad (estos vehículos pueden rodar hasta los 30 km/h) y en la mayoría de los casos no utilizan los carriles bici. Van sorteando a los viandantes con quienes se cruzan, provocando en éstos (sobre todo en las personas mayores) una tensión angustiosa, ante el temor y pánico de ser alcanzados y golpeados en sus tobillos y piernas por estos artilugios cuyos conductores no reducen la velocidad. Nada les importa. Las normas establecidas (circular por la calzada o por los carriles bici, a una velocidad prudencial) son continuamente incumplidas, sin que haya agentes de seguridad que controlen o impidan estos potenciales riesgos y la ansiedad que soportan los ciudadanos que utilizan, lógicamente, las aceras para sus desplazamientos.

Hay otras muchas faltas a la educación que pueden añadirse a los comentarios ya expuestos. Atravesar una calzada sin utilizar los pasos de cebra, el desorden de los viajeros en las paradas de los autobuses, las respuestas irrespetuosas a los profesores y familiares, la actitud ineducada en las cafeterías y bares, la falta de silencio en los cines y teatros o espectáculos orquestales, el humo de los cigarrillos en los jardines o terrazas de restaurantes y cafeterías, etc. En la mayoría de los casos, estas faltas al civismo son “interpretadas” por adolescentes y personas jóvenes.

Inevitablemente tenemos que echar nuestras miradas décadas atrás. En aquellos lejanos tiempos se educaba con severidad. Hoy se educa en el descontrol y la permisividad exagerada, en nombre de la sagrada libertad. La palabra autoridad es un vocablo tabú en la época que vivimos. Pero esa incuestionable libertad hay que ejercerla con responsabilidad y racionalidad. Cuando estos valores faltan, el concepto de libertad queda lastrado por el comportamiento egoísta e incívico de sus ineducados autores. Esta educación diferente no conlleva, no genera, réditos positivos para la mejor convivencia. -  

 

José L. Casado Toro

Agosto 2025

 

 


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