Las personas de más avanzada edad
suelen referirse con paciente nostalgia a los tiempos pretéritos de su
infancia, adolescencia y juventud. Muchos de estos “mayores, en edad y
experiencia, afirman que aquellas décadas de la pasada centuria (años
cincuenta, sesenta o incluso setenta, fueron mejores en la aplicación de
valores y comportamientos. Específicamente, se refieren a que los jóvenes de tan
lejana época tenían una mejor educación con respecto a la que hoy perciben en
la realidad de su entorno geográfico, próximo o lejano. Consideran y sufren que
hoy predomine la “mala educación” en casi todos los órdenes de la vida que de
mayores protagonizan.
El concepto de la
buena o deficiente educación no es difícil de comprender. Si un alumno
de primaria le preguntara a su maestro qué es la buena educación, el docente le
respondería con ejemplos fáciles de entender: respetar y ayudar a los demás. Cumplir
fielmente las normas establecidas. Podría aclarar, tratar bien a los demás,
como desearías que lo hicieran contigo, ahora o cuando fueras mayor.
En aquellos tiempos
remotos de nuestras infancias, era tradición que, principalmente, fuesen
los padres y algunos familiares quienes educasen a los hijos. La escuela
tradicional, además de enseñar las materias, también colaboraba en la educación
de sus alumnos. Había colegios que establecían premios a la puntualidad, al continuo
respeto de padres y profesores, al esfuerzo por estar bien aseados, a la
aplicación de buenos modales, etc. Incluso se dedicaban algunas horas a la
semana para la clase de “urbanidad” en las formas de vestirse, estar en la mesa
durante las comidas y en el respeto inexcusable a los padres y personas
mayores. Los padres castigaban severamente a sus hijos, si éstos habían sido
castigados en la escuela por alguna falta a las normas establecidas por los
maestros. Había una frase que muchos recordamos con preocupante emoción ¡Que no
me entere yo que le has faltado al respeto a tu maestro/a!
Pero los tiempos y los hábitos evolucionan
hacia los cambios, que no siempre son positivos. Hoy, en general, la autoridad y el respeto familiar languidece. Los
padres están al servicio de los hijos, incluso mucho después de que éstos
cumplan la mayoría de edad. Los hijos trazan pronto su propio camino, aunque
siempre tienen y exigen el seguro de la protección (que demandan en todas las
edades) de sus padres, lo cual no siempre va acompañada de la justa reciprocidad.
Los valores educativos no se trabajan en los centros escolares (tal vez si lo
hagan en los colegios de titularidad religiosa). Los padres van cediendo y
perdiendo protagonismo en el ámbito educacional, mientras en los colegios y escuelas se enseñan los rutinarios
contenidos curriculares. Las habilidades y valores sociales y familiares
deberían trabajarse en las aulas con especial intensidad. ¿Quién les dice a los
jóvenes cómo deben comportarse en las calles, jardines y plazas, en las salas
para los espectáculos, en las cafeterías y centros comerciales? ¿Qué podemos decir de todas esas desafortunadas
y feas pintadas y grafitis que ensucian
fachadas y establecimientos privados o públicos? En cuanto al deterioro del mobiliario urbano y los jardines
públicos, es una penosa muestra de los valores tradicionales que hoy dejan de
cultivarse.
El inadecuado comportamiento de muchos jóvenes y adultos en el transporte público pone
de manifiesto la muy deficiente educación que aquellos “atesoran”. Tanto en las
paradas de los autobuses y en el interior de los vehículos. En aquellos lejanos
tiempos en que la educación era diferente, los autobuses llevaban dos
autoridades: el conductor y el revisor / expendedor de tickets. El primero
centraba su esfuerzo manejando con pericia el volante, mientras que el segundo
controlaba el orden en el interior del bus. Hoy, con los vehículos articulados,
el conductor ha de abrir y cerrar las puertas, controlar que todos los viajeros
pasen los bonobuses por el lector electrónico o paguen en efectivo el billete
disuasorio. Todo su esfuerzo ha de centrase en conducir esos vehículos, algunos
de más de 16 metros por el difícil laberinto urbano de la ciudad. No pueden
vigilar la parte trasera de esos largos vehículos municipales. Entonces los
gamberros, los ineducados, los amantes del daño, ensucian, pintan, arañan,
rompen asientos, rayan los cristales de los ventanales. Nadie se atreve a
llamarles al respeto o a decirles frase alguna, porque las respuestas y
consecuencias pueden ser harto desagradables. Vemos y soportamos que vayan ancianos
de pie y niños o adolescentes sentados. Las chucherías campan por sus respetos,
ensuciando el interior del vehículo. Algunos ponen los pies en los asientos o
reposabrazos de otros asientos. Es evidente que estos jóvenes han recibido y
asimilado una “peculiar y muy desafortunada educación” de las redes sociales,
en las que son bastante diestros. Llegamos a
preguntarnos qué tipo de formación darán a sus descendientes, cuando les
corresponda crear una familia. En el penoso comportamiento de estos niños y
jóvenes se refleja la nula “educación” que reciben en la casa familiar, aunque también
es cierto que la enorme la influencia social y el poderío de las redes
sociales, a través de los móviles, ha eclipsado la autoridad e influencia de
unos padres muy superados o desbordados en su capacidad de influencia
educativa. Parece que ahora hay padres que “temen” a sus hijos.
Un grave problema que afecta a la
seguridad de todas las personas, pero de manera especial a los ciudadanos
mayores y de avanzada edad, es el riesgo de ser lesionados por los monopatines eléctricos. También podría añadirse al
uso de las bicicletas. Este medio de locomoción es utilizado mayoritariamente
por adolescentes y jóvenes, aunque hay también adultos que se trasladan en
estos versátiles vehículos (antiguas patinetas) puestos en la actualidad tan de
moda. El problema es el incivismo de quienes los conducen, pues apenas utilizan
las calzadas para desplazarse, sino las aceras peatonales. Se desplazan a gran
velocidad (estos vehículos pueden rodar hasta los 30 km/h) y en la mayoría de
los casos no utilizan los carriles bici. Van sorteando a los viandantes con
quienes se cruzan, provocando en éstos (sobre todo en las personas mayores) una
tensión angustiosa, ante el temor y pánico de ser alcanzados y golpeados en sus
tobillos y piernas por estos artilugios cuyos conductores no reducen la
velocidad. Nada les importa. Las normas establecidas (circular por la calzada o
por los carriles bici, a una velocidad prudencial) son continuamente
incumplidas, sin que haya agentes de seguridad que controlen o impidan estos
potenciales riesgos y la ansiedad que soportan los ciudadanos que utilizan,
lógicamente, las aceras para sus desplazamientos.
Hay otras
muchas faltas a la educación que pueden añadirse a los comentarios ya
expuestos. Atravesar una calzada sin utilizar los pasos de cebra, el desorden
de los viajeros en las paradas de los autobuses, las respuestas irrespetuosas a
los profesores y familiares, la actitud ineducada en las cafeterías y bares, la
falta de silencio en los cines y teatros o espectáculos orquestales, el humo de
los cigarrillos en los jardines o terrazas de restaurantes y cafeterías, etc.
En la mayoría de los casos, estas faltas al civismo son “interpretadas” por adolescentes
y personas jóvenes.
Inevitablemente tenemos que echar
nuestras miradas décadas atrás. En aquellos lejanos tiempos se educaba con
severidad. Hoy se educa en el descontrol y la permisividad exagerada, en nombre
de la sagrada libertad. La palabra autoridad es un vocablo tabú en la época que
vivimos. Pero esa incuestionable libertad hay que ejercerla con responsabilidad
y racionalidad. Cuando estos valores faltan, el concepto de libertad queda
lastrado por el comportamiento egoísta e incívico de sus ineducados autores. Esta educación diferente no conlleva, no genera,
réditos positivos para la mejor convivencia. -
José L. Casado Toro
Agosto 2025

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