20 septiembre 2024

LOS SONIDOS DE LA MÚSICA

 

LOS SONIDOS DE LA MÚSICA

 

Es una evidencia de que los sonidos pueden motivar nuestros sentimientos en direcciones muy contrastadas y sorprendentes. Lo hemos comentado en otros artículos centrados en la significación del toque de las campanas, en los entrañables sonidos producidos por los ferrocarriles y también en la sutileza o brusquedad producida por la acústica del agua. Faltaba una cuarta realidad sonora, la más propia para la modulación de los sonidos: aquella generada por la música, a través de los diestros maestros y profesionales en el arte de la guitarra, el piano, el violín u otros instrumentos de cuerda, viento o percusión.


Toda composición musical llega a nuestros oídos a través del ejercicio de un solo instrumentista, un dúo musical o una agrupación de intérpretes, que pueden llegar a formar una orquesta, con todos los elementos instrumentales necesarios para su composición.

Esa significativa acústica musical llega a nuestros oídos a través de múltiples melodías, composiciones que pueden despertar, exaltar o dinamizar todo tipo de sentimientos y respuestas psicológicas. Hay canciones o piezas musicales que por nuestra actitud o predisposición hacia las mismas generan alegría o tristeza, nostalgia, emoción, miedo, esperanza, sosiego, intranquilidad, dinamismo, pasividad, goce, expectación, temor, valentía, y así toda una larga modalidad de estados emocionales.

No es el caso de citar piezas concretas de composiciones musicales, pues cada persona tiene sus lógicas preferencias y gustos determinados. Una determinación canción no despierta los mismos sentimientos en personas u oyentes diferentes. Lo que para unos es positivo, agradable y emocionante, para otros no gustará o provocará respuestas negativas o amorfas, en sus estados anímicos. Y es que además del propio contenido de la composición, cada oyente tendrá sus propias vivencias acumuladas en su memoria, con respecto a esa canción, vivencias protagonizadas en distintos momentos de su recorrido existencial. Tanto cuando éramos niños. (con aquellas nanas que cantaban nuestras madres) como cuando alcanzábamos a desarrollar el protagonismo de la adolescencia, al ir al cine o al escuchar la radio o la televisión y más adelante en la fase de juventud, con esos primeros amores que nunca se olvidan. Y ya en las etapas adultas, viviendo las experiencias propias de la edad: noviazgos, bodas, nacimientos de los hijos, viajes, celebraciones y también experiencias traumáticas, como el fallecimiento de algún familiar, amigo, vecino o compañero de trabajo.

Hay una reacción muy curiosa en las personas, que como en todas nuestras respuestas tiene su explicación psicológica, más fácil o complicada, para su comprensión. Tal situación suele producirse con determinadas composiciones que nunca nos cansamos de escuchar. Las disfrutamos con especial agrado, una y otra vez y en todas esas oportunidades, manifiestamente repetitivas, nos generan ese bienestar espiritual y emocional indefinible, sin saber exactamente el por qué. Paralelamente, otras composiciones nos producen el sentimiento anímico contrario, cuando suenan en una cafetería, en la radio, en la televisión o en el músico callejero que la interpreta. Tal es la desazón que nos genera que de forma rápida cambiamos el dial o el canal de TV o, simplemente, tratamos de abandonar el lugar donde suena a la mayor premura. En ambos casos, sin duda hay una razón básica para este rechazo o aceptación. Si rebuscamos en nuestra memoria, podemos hallar o vislumbrar el motivo de este sentimiento que nos embarga la melodía o de manera simple resumimos el efecto que nos provoca con el “me agrada mucho o me produce tristeza”.

La música es un componente esencial en nuestra vida. Desde que nacemos, hasta que nos vamos de una manera definitiva “al reino de las estrellas”, los sonidos del pentagrama nos acompañan en los momentos alegres o también en aquellos menos afortunados. Difícilmente se puede discutir esta evidencia. Esta creatividad artística, para alimento espiritual del ánimo, resulta insustituible en el recorrido de nuestro protagonismo existencial. Sin ella, ese largo caminar estaría lastrado por un oscuro vacío, que nos haría preguntarnos con tozuda insistencia: Pero ¿qué hacemos aquí? Pensemos en tres posibles experiencias.

Asistimos a una sesión cinematográfica. Por algún problema técnico, la banda del sonido deja de funcionar durante unos minutos. Las palabras pueden realizar su función comunicativa y también tienen en su fundamento algo de ritmo musical en su entonación. Pero nada “suena”. Sólo la intranquilidad de los espectadores. Ese silencio que se produce en la sala, hasta ser “reparado” genera una intensa desazón entre los asistentes, que respiran aliviados, cuando la acústica de los sonidos, estrictamente musicales o no, llega de nuevo hasta sus oídos.

Otro ejemplo: Un domingo por la mañana, bastante temprano, nos asomamos al balcón o a la ventana y apenas vemos a viandantes. Nada escuchamos. No hay tráfico ni lógicamente los sonidos de sus ruidosos motores. La sensación que sentimos de “vacío” es manifiesta. Necesitamos los sonidos de las distintas acústicas musicales para tener percepción de la vida.

Y, en tercer lugar, aludir al drama físico y anímico de las personas sordas. No oír, no escuchar, supone una sensación terrible de soledad, de aislamiento, de orfandad. Por fortuna los avances técnicos para paliar o resolver esta limitación o padecimiento están en la actualidad muy avanzados.

Es base a estos tres ejemplos, citados al azar, nos explicamos la trascendencia musical y sonora para nuestras vidas. Los sonidos sean de la naturaleza que tengan, musicales o no, son consustanciales con nuestra forma de ser y de actuar. Sin embargo, nos produce asombro y admiración las realizaciones artísticas que realizaron dos genios de la naturaleza, que sufrieron sordera en sus vidas. Ludwig van BEETHOVEN (1770 - 1827) genial compositor, y Francisco de GOYA y Lucientes (1746 - 1828), genial maestro de la pintura. A pesar de sus limitaciones auditivas, siguieron componiendo y pintando, respectivamente, de una forma maravillosa.


La música es como ese alma que da luz a la oscuridad de nuestras intimidades personales. Debemos estar sinceramente agradecidos a todos los mágicos sonidos emanados del pentagrama.  –

 

José L. Casado Toro

Septiembre 2024

 

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