LOS SONIDOS DE LA MÚSICA
Es una evidencia de que los sonidos pueden motivar nuestros
sentimientos en direcciones muy contrastadas y sorprendentes. Lo hemos
comentado en otros artículos centrados en la significación del toque de las campanas, en los entrañables sonidos producidos
por los ferrocarriles y también en la
sutileza o brusquedad producida por la acústica del agua.
Faltaba una cuarta realidad sonora, la más propia para la modulación de los
sonidos: aquella generada por la música, a través
de los diestros maestros y profesionales en el arte de la guitarra, el piano,
el violín u otros instrumentos de cuerda, viento o percusión.
Toda composición musical llega a nuestros oídos a través del
ejercicio de un solo instrumentista, un dúo musical o una agrupación de
intérpretes, que pueden llegar a formar una orquesta, con todos los elementos
instrumentales necesarios para su composición.
Esa significativa acústica musical llega a nuestros oídos a
través de múltiples melodías, composiciones que pueden despertar, exaltar o
dinamizar todo tipo de sentimientos y respuestas psicológicas. Hay canciones o
piezas musicales que por nuestra actitud o predisposición hacia las mismas
generan alegría o tristeza, nostalgia, emoción, miedo, esperanza, sosiego,
intranquilidad, dinamismo, pasividad, goce, expectación, temor, valentía, y así
toda una larga modalidad de estados emocionales.
No es el caso de citar piezas concretas de composiciones
musicales, pues cada persona tiene sus lógicas preferencias y gustos
determinados. Una determinación canción no
despierta los mismos sentimientos en personas u oyentes diferentes. Lo
que para unos es positivo, agradable y emocionante, para otros no gustará o
provocará respuestas negativas o amorfas, en sus estados anímicos. Y es que
además del propio contenido de la composición, cada oyente tendrá sus propias
vivencias acumuladas en su memoria, con respecto a esa canción, vivencias protagonizadas
en distintos momentos de su recorrido existencial. Tanto cuando éramos niños.
(con aquellas nanas que cantaban nuestras madres) como cuando alcanzábamos a
desarrollar el protagonismo de la adolescencia, al ir al cine o al escuchar la
radio o la televisión y más adelante en la fase de juventud, con esos primeros
amores que nunca se olvidan. Y ya en las etapas adultas, viviendo las
experiencias propias de la edad: noviazgos, bodas, nacimientos de los hijos,
viajes, celebraciones y también experiencias traumáticas, como el fallecimiento
de algún familiar, amigo, vecino o compañero de trabajo.
Hay una reacción muy curiosa en las personas, que como en
todas nuestras respuestas tiene su explicación psicológica, más fácil o
complicada, para su comprensión. Tal situación suele producirse con
determinadas composiciones que nunca nos cansamos
de escuchar. Las disfrutamos con especial agrado, una y otra vez y en
todas esas oportunidades, manifiestamente repetitivas, nos generan ese
bienestar espiritual y emocional indefinible, sin saber exactamente el por qué.
Paralelamente, otras composiciones nos producen el
sentimiento anímico contrario, cuando suenan en una cafetería, en la
radio, en la televisión o en el músico callejero que la interpreta. Tal es la
desazón que nos genera que de forma rápida cambiamos el dial o el canal de TV
o, simplemente, tratamos de abandonar el lugar donde suena a la mayor premura. En
ambos casos, sin duda hay una razón básica para
este rechazo o aceptación. Si rebuscamos en nuestra memoria, podemos
hallar o vislumbrar el motivo de este sentimiento que nos embarga la melodía o
de manera simple resumimos el efecto que nos provoca con el “me agrada mucho o
me produce tristeza”.
La música es un componente esencial
en nuestra vida. Desde que nacemos, hasta que nos vamos de una manera
definitiva “al reino de las estrellas”, los sonidos del pentagrama nos
acompañan en los momentos alegres o también en aquellos menos afortunados. Difícilmente
se puede discutir esta evidencia. Esta creatividad artística, para alimento
espiritual del ánimo, resulta insustituible en el
recorrido de nuestro protagonismo existencial. Sin ella, ese largo
caminar estaría lastrado por un oscuro vacío, que nos haría preguntarnos con
tozuda insistencia: Pero ¿qué hacemos aquí? Pensemos en tres posibles
experiencias.
Asistimos a una sesión cinematográfica. Por algún problema
técnico, la banda del sonido deja de funcionar durante unos minutos. Las
palabras pueden realizar su función comunicativa y también tienen en su
fundamento algo de ritmo musical en su entonación. Pero nada “suena”. Sólo la
intranquilidad de los espectadores. Ese silencio que se produce en la sala,
hasta ser “reparado” genera una intensa desazón entre los asistentes, que
respiran aliviados, cuando la acústica de los sonidos, estrictamente musicales
o no, llega de nuevo hasta sus oídos.
Otro ejemplo: Un domingo por la mañana, bastante temprano,
nos asomamos al balcón o a la ventana y apenas vemos a viandantes. Nada
escuchamos. No hay tráfico ni lógicamente los sonidos de sus ruidosos motores.
La sensación que sentimos de “vacío” es manifiesta. Necesitamos los sonidos de
las distintas acústicas musicales para tener percepción de la vida.
Y, en tercer lugar, aludir al drama físico y anímico de las
personas sordas. No oír, no escuchar, supone una sensación terrible de soledad,
de aislamiento, de orfandad. Por fortuna los avances técnicos para paliar o
resolver esta limitación o padecimiento están en la actualidad muy avanzados.
Es base a estos tres ejemplos, citados al azar, nos
explicamos la trascendencia musical y sonora para nuestras vidas. Los sonidos
sean de la naturaleza que tengan, musicales o no, son consustanciales con
nuestra forma de ser y de actuar. Sin embargo, nos produce asombro y admiración
las realizaciones artísticas que realizaron dos genios de la naturaleza, que
sufrieron sordera en sus vidas. Ludwig van
BEETHOVEN (1770 - 1827) genial compositor, y Francisco
de GOYA y Lucientes (1746 - 1828), genial maestro de la pintura. A pesar
de sus limitaciones auditivas, siguieron componiendo y pintando,
respectivamente, de una forma maravillosa.
La música es como ese alma que
da luz a la oscuridad de nuestras intimidades personales. Debemos estar sinceramente
agradecidos a todos los mágicos sonidos emanados del pentagrama. –
José
L. Casado Toro
Septiembre
2024
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