«Señoras y señores, buenos días. Espero
que hayan descansado bien porque el programa de hoy va a ser intenso. Lo
iniciaremos con una parada en Moarves de Ojeda, para admirar el friso románico del
siglo XII en la fachada sur de su iglesia, parangonable, por su similitud y
belleza, al de Santiago de Carrión. Después, visita de la iglesia de Santa
Eufemia de Cozuelos, en Olmos de Ojeda, último resto románico-gótico de un
monasterio perteneciente a las comendadoras de la Orden de Santiago. Almuerzo
en el restaurante Valentín de Aguilar de Campoo, donde nos deleitarán con un
primer plato de deliciosas alubias de Saldaña, un segundo de milanesa rellena
con jamón y salsa de boletus y un rico flan de crema de queso».
Esta era más o menos la presentación
que nos hacía todas las mañanas nuestro guía, Javier, a un grupo de viajeros de
respetable edad que completábamos un circuito del románico palentino. Un
recorrido apacible donde, además de arte e historia, nos íbamos a topar con la
realidad de la España vaciada, lejana y ajena para muchos de nosotros,
urbanitas convencidos. Los habitantes de muchas de las villas visitadas habrían
cabido con holgura en cualquiera de nuestros bloques de pisos o urbanizaciones.
Algunos incluso en uno de nuestros salones. Para personas no habituadas a estos
pueblos, el silencio y la sensación de soledad cuando los paseábamos llegaba a
ser inquietante.
Era ya el cuarto día y las retinas
empezaban a estar saturadas de tanta belleza y datos históricos de los siglos
noveno al décimo quinto, década arriba o abajo. Gracias a la elocuencia y
erudición de Javier, los atrios, arquivoltas, cimborrios, frisos y demás
elementos arquitectónicos ya atestaban nuestros cerebros. Los personajes de
aquellos siglos, formaban ya parte de nuestras familias y eran como esos
parientes lejanos que ves en entierros, bodas o comuniones: los varios primos
Alfonsos, los Rodrigos y la tía Urraca, esa vieja amargada con cara de acelga.
La primera visita de aquel día era a
Moarves de Ojeda, una pedanía de Olmos de Ojeda, o era al revés, no lo
recuerdo. Ya he referido la respetable, por no decir provecta, edad que nos
aquejaba a los viajeros. El caso es que se trataba de una de las más pequeñas
de todas las visitadas. El día era magnífico, fresco pero soleado y el friso
anunciado también. Tras unas doctas explicaciones por su parte, nuestro guía
nos dio un tiempo para recrearnos, para fotos o la visita al pueblo. Yo me
alejé un tanto y vi que un lugareño entraba en escena provocando la curiosidad
de todos, como si fuera un fenómeno paranormal. Unos cuantos lo rodearon y
entablaron una breve charla. Cuando se hubo disuelto el grupo yo me acerqué al paisano,
que continuaba su paseo.
El hombre parecía pulcro, aunque cierto desaliño general
denotaba que no estaba bien atendido. De unos setenta años y algo encorvado, gastaba
un bastón que le ayudaba a desplazarse. Mantenía una expresión adusta, solo iluminada
al hablar con una especie de aura de sabiduría rural.
- Poca gente a estas horas,
¿no?
- Ya ve, aquí pocos somos a
cualquier hora -replicó sentencioso el
aldeano.
- Como en casi todos los
pueblos que visitamos. En algunos no hemos visto a nadie.
- Ya ve. Y ¿qué van a hacer
en la calle? Se han ido los veraneantes y con ellos se ido la vida.
- ¿Cuántos son ustedes
aquí?
- Pues…en los papeles unos
cuarenta, en verano unos cien y en invierno quedamos seis, que son unos chicorneros,
de los que meten cizaña todo el día, ¿qué le parece?
- ¡Vaya por Dios! Éramos
pocos y parió la abuela, que se dice.
- Ya ve.
Hablaba con poca
energía, entre la resignación y la nostalgia de tiempos mejores. Tenía unos
intensos ojos azules, semiocultos tras las cejas asilvestradas, propias de los
ancianos.
- Pero aquí la vida es muy
sana y tranquila, con estos paisajes y la iglesia. Ya quisiéramos nosotros
esto.
- Pues… no tienen más que
venirse. Aquí se venden muchas casas, que aún están bien y son baratas. Y la
tranquilidad va incluida en el precio. ¿De dónde vienen ustedes?
- De Málaga.
- ¡Ahivá, de Málaga,
nada menos! Madre de Dios, eso suena muy lejos. Pero ¿a que no tienen una
iglesia como esta? -me respondió, entre ingenuo
y desafiante.
- Que va, ni mucho menos.
Además, a la que tenemos le falta una torre.
- Ya ve. Una lástima.
Paseábamos despaciosos y
habíamos llegado ya a las afueras del pueblo, lo que no era difícil porque
tendría unas siete u ocho calles. Una corriente de afecto, o al menos eso
percibí yo, se había establecido entre nosotros.
- Y… ¿tiene usted mujer o
hijos que le hagan compañía?
- ¡Ya está usted como sus compañeras! Que si tengo novia; que si no,
me la buscan entre todas; que si aún estoy de buen ver… Me he maliciado que
estaban de chanza conmigo. Les tenía que haber soltado una fresca, pero yo con
las mujeres muy corto soy, un adobe que decimos aquí. Nunca las he
entendido, ni ellas a mí. Así que estoy mejor solo, como les he dicho. ¿Cómo lo
ve usted?
No parecía enfadado, pero sí mostraba cierto recelo de haber
sido burlado.
- No se lo tenga en cuenta.
En Málaga es que somos así, pero sin maldad.
- Ya ve. Aquí es que, si no
fuera por la iglesia, no vendría nadie, sabe usted. Cuando veo un grupo me hago
el encontradizo y así pego la hebra con alguien. Pero usted me ha caído mejor
que los otros.
- Y usted a mí también,
¿cuántos años tiene?
- Setenta tengo. Yo soy muy
campuzo, que más que he salido de aquí en la mili y alguna vez al médico
en la capital. Mire, al final de esta calle vivo yo con mi madre. ¿Quiere usted
venir a conocerla? Está muy mayor y ya no sale, pero le encanta conocer gente,
porque ella sí estuvo unos años fuera, en la época de la guerra. Y verá qué rosquillas
de palo más buenas hace aún. Será un momento.
(Continuará)
Fernando Navarro
Septiembre 2024
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