¿Cómo
es Juanita? ¿Dónde vive? ¿Qué hace? ¿En qué vieja y noble ciudad andaluza tiene
su casa? Yo creo que la he visto en todas partes, a lo largo de mis viajes.
Juanita es hija de Juana; a esta Juana nos ha contado el querido maestro Valera
que sus convecinos, por sobrenombre, la llaman La Larga. A Juanita
le han adjudicado por herencia también este adjetivo. Juana tiene cuarenta
años; Juanita cuenta tan sólo diez y seis. Juana está en esa edad admirable en
que las mujeres hacen enloquecer a los muchachos que se inclinan sobre los
bancos de los colegios; Juanita atraviesa estos años en que las mujeres nos
hacen sentir, a los que comenzamos a caminar hacia la senectud, las dolorosas
añoranzas del pasado. Juana exhala de sí un aire de reposo, de sosiego, de
nobleza, de majestad, de quien ha vivido mucho y ha visto lo que había que ver
en la vida; Juanita es vivaracha, nerviosa, inquieta, audaz, espontánea,
ingenua. Lector, ¿qué te gusta a ti más de las dos cosas? Yo dudo entre esta
sabiduría de Juana y esta ingenuidad de Juanita. Juana es maestra en todas las
deleitosas artes de la gula: hace maravillosos hojaldres, empanadas estupendas
con boquerones y picadillo de tomate y cebolla; polvorones, roscos de huevo y
vino, pestiños, jagorros, hojuelas, arropes, gachas de mosto. El maestro Valera
enumera con una delectación secreta todas las dulces cosas que sabe aliñar
Juana: ¿no era el amado maestro conterráneo de este otro gran maestro — tan pariente
espiritual suyo — , el cura Francisco Delicado, autor de este soberbio
libro La Lozana andaluza, en cuyas páginas también se habla
voluptuosamente de estas castizas y suculentas golosinas? Juanita, en cambio,
si no sabe esta ciencia, no tiene par en trazar y coser trajes y galas
femeninas. El maestro Valera habla de esta habilidad de Juanita con profunda
estupefacción. «Yo he estado en Villalegre — escribe —; he visto algunos trajes
hechos por Juanita, y me he quedado estupefacto». Y a renglón seguido añade
estas palabras épicas: «Y cuenta que yo tengo buen gusto. Todo el mundo lo
sabe…»
Y
ya ha sido nombrado el pueblo donde Juana y Juanita viven: es Villalegre.
Villalegre tiene las casas blancas, cuidadosamente enjalbegadas de cal viva;
las calles son anchas; anchas y pintadas de verde son las rejas saledizas que
destacan en las fachadas; en las afueras del pueblo hay una amena y jugosa
huerta; más lejos se extienden los olivos grises, tétricos; y cerca, a la
terminación de una de las principales vías de la ciudad, surte una fuente de
agua fresca, transparente, sutilísima. Unos sombrosos álamos ponen su grata
sombra sobre la alberca en que cae murmurador el caño; entre sus troncos
aparece un ancho banco de granito, donde vienen a reposar todas las tardes,
lentamente, apoyados en sus bastones, los hombres graves, sesudos, importantes,
trascendentales, meditativos, cautos, prudentes de la ciudad. En esta ciudad
tienen su casa Juana y Juanita; ¿qué queréis que os diga de ellas, de cómo
viven, de lo que hacen, de lo que piensan? Es posible que no piensen en nada:
éste será quizá su más profundo encanto; no piensan nada; viven la vida sin
entristecerla, sin deprimirla, sin llenarla de las preocupaciones, de los
terrores, de las angustias con que nosotros, los hombres que queremos ser
filósofos, la llenamos. La casa es espaciosa y limpia; tiene, como todas las
andaluzas, un claro y alegre patio en el centro. Y Juanita ha llenado todo este
patio de macetas grandes y chicas. Juanita ama las flores. «Yo odio las manos
inactivas — decía el poeta Horacio —; sembrad las rosas». Las manos de Juanita,
estas manos blancas y finas, siembran las rosas por todas partes. Y hay rosas
sobre la cómoda, sobre las sillas, sobre la mesa del comedor. Juana,
entretanto, va batiendo, en una blanca y vidriada almofía, claras de huevo para
confeccionar alguna exquisita golosina…
Así
pasan la vida Juana y Juanita. Cuando cae la tarde, el añil radiante del cielo
se va apagando en uno de esos crepúsculos andaluces de una melancolía suave,
larga, inefable. Cruzan raudas sobre las casas, chillando, las golondrinas; la
campana de la vieja iglesia toca pausada el Ángelus. A esta hora es cuando
Juanita toma un cantarillo y va a la fuente. «Gustaba ir por agua a la fuente
del ejido», dice el maestro. Y en este momento es cuando los hombres graves y
venerables que están sentados bajo los álamos, junto a la alberca, contemplan
la fuerte, enhiesta y juvenil figura de Juanita, y sienten, apoyados en sus
bastones, esta vaga, esta íntima, esta irreprimible tristeza de que os hablaba
antes, y que experimentamos los que ya vamos saliendo de la mocedad y nos
encaminamos a la edad fría.
Azorín
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Por favor: Se ruega no utilizar palabras soeces ni insultos ni blasfemias, así todo irá sobre ruedas.
Reservado el derecho de admisión para comentarios.