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30 enero 2008

LA VIEJA TORRE Y SU RELOJ

Durante varias décadas la iglesia fue deteriorándose paulatinamente. Los lugareños sabían que corría peligro de derrumbe pero no podían hacer nada para evitarlo. No tenían dinero para emprender las obras que ésta necesitaba.  En infinidad de ocasiones fueron al Obispado para comunicar el hecho. Nadie les escuchó hasta que un nuevo prelado llegó a la Diócesis y logró que las autoridades administrativas acometieran  la restauración del templo.

         ¡Con cuánto alborozo se acogió la noticia! Por fin se podrían celebrar los cultos y se oirían las campanadas del viejo reloj de la torre. Porque, éste también sería restaurado, ¿no? Esto se preguntaban los vecinos con algo de miedo debido a la leyenda que sobre él circulaba por todo el pueblo desde hacía tanto tiempo.

         Ocurría que, una vez al año, siempre en las gélidas noches de enero, el reloj se ponía en marcha sin que nadie hubiese hecho ningún intento para arreglarlo. Se hablaba de que unos duendecillos  jugaban con las manecillas y las hacían girar consiguiendo que éste funcionara durante varias semanas.  Claro que, rotaban al revés puesto  que los personajes las movían dentro del aparato mirando la hora desde su posición. El reloj daba vueltas al contrario y así las horas cambiaban el día por la noche y las semanas se sucedían hacía atrás. Esta anomalía produjo un cambio en los meses y estaciones, de tal manera, que se originaba un retraso o adelanto inusual de las cosechas. A veces se recolectaban el trigo y la uva en diciembre o se recogía la aceituna en julio. Los habitantes que eran muy supersticiosos obviaban hablar del tema. Bastante tenían ellos con soportar tantos inconvenientes en sus vidas cotidianas. Aquella pequeña ermita, situada a la salida del pueblo, que se erguía sola, con su torre altiva acompañada de un tejo y dos olivos, ya les había dado suficientes quebraderos de cabeza.

 ¿Cómo explicar lo que acontecía en aquel paraje tan remoto? ¿Quién comunicaría al relojero tamaña rareza y cómo se lo tomaría él? Preguntas que todos se hacían sin que, por supuesto, se oyeran respuestas.

Ante tal preocupación los habitantes prefirieron no decir nada y que el técnico descubriera, por si sólo, el misterio que los sumía en esa perturbadora intranquilidad.

         Cuando llegó el momento de enfrentarse a la realidad, el alcalde y el boticario acompañaron al relojero, llave en mano, para abrir la desvencijada puerta de la torre. Los dos vecinos, muy azorados, se excusaron para no subir arguyendo su temor a los empinados peldaños y dejaron al extrañado personaje comenzar solo su aventura. Porque así habría de llamarse ya que nadie sabía lo que se podría encontrar en lo alto de la enigmática torre. El hombre se armó de paciencia y empezó la subida lentamente. Una vez en el rellano que accedía al habitáculo donde se encontraba el reloj su sorpresa fue mayúscula cuando descubrió en un rincón una camada de gatos, de distintos colores y tamaños. Algunos de los más pequeños negros, grises y rubios jugaban con varios ratones que por allí pululaban antes, sin lugar a dudas, de que les sirvieran de almuerzo. No quiso hacer ruido y permaneció quieto para observar tan  inesperada reunión. Estuvo meditando un buen rato y bajó al pueblo para contar lo observado.

         Tras una larga velada, en la que intervinieron y discutieron los ciudadanos más avezados de la villa, llegaron a la conclusión de que, en las noches de luna llena del frío enero, los gatos en celo trastocaban con sus juegos las manecillas del  singular reloj. 

             ¿Qué había pasado pues? ¿Habría sido sólo un sueño?

Concha Moreno

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