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31 diciembre 2007

VIVIR ES LO QUE IMPORTA


En el ajetreo diario de la vida -al menos de la mía-, me obligo en ocasiones a dedicar un tiempo para la reflexión serena sobre algunos de los temas que me conciernen y creo que a un gran número de personas que bordeamos ese peligroso término denominado “tercera edad”.

Atrás quedaron los afanes por lograr una situación profesional y económica estable, los desvelos en la crianza y educación de los hijos –quienes los hemos tenido-, compartidos con la pareja que en su día elegimos y complementados por aquellos otros intereses e ilusiones que conforman una vida.

Nuestra generación ha conocido cambios importantes en el plano político, un avance social indudable –aunque aún persistan injusticias y desigualdades-, y hemos sido testigos de grandes acontecimientos nacionales y mundiales, que un siglo tan convulso como el XX, nos ha deparado.

Y sin embargo, aquí estamos. Ha llegado o está próxima la hora de la jubilación, los hijos volaron del nido, o permanecen en él, -en su gran mayoría beneficiándose de todas las ventajas que comporta-, y sin asumir las obligaciones que en justicia les correspondería. Se fueron las jornadas intensas, llenas de ocupaciones y también de satisfacción y alegría, y en las que cuando llegaba la noche, en el trayecto de apoyar la cabeza en la almohada, se quedaba uno dormido.

Hemos dejado muchas cosas por el camino. En ocasiones, las más dolorosas, se han ido los seres queridos sin esperarlo y sin merecerlo.

Tras el ruido, el silencio. Hay momentos en los que parece como si el mundo se hubiera detenido y nos acecha una especie de vértigo, de vacío, convertido en un interrogante. Y ahora ¿qué?

Ahora VIVIR. Es cierto que la vida se ha llevado mucho de lo que nos perteneció, pero sin embargo, nos devuelve otras muchas cosas de las que estuvimos escasos, o simplemente no tuvimos.

TIEMPO. Para leer, escuchar música, asistir a conciertos, ver cine, teatro, visitar museos; para viajar y conocer lugares a los que no pudimos ir, o regresar a aquellos que conocimos y nos encantaron. Tiempo para caminar sin prisas, descubrir rincones de nuestra propia ciudad en los que nunca habíamos reparado, emocionarnos con una puesta de sol, contemplar el mar, disfrutar del gozo de ver nacer y crecer a nuestros nietos. Tiempo para cultivar y mimar la amistad, -uno de los mejores apoyos en esta etapa de la vida-, y tiempo para aprender, y mantener viva la curiosidad y la capacidad de sorprendernos. Si “el tiempo es oro”, no lo malgastemos.

SERENIDAD. Ante los acontecimientos que se producen, -bien sean personales o generales-, porque el poso de la experiencia que hemos ido adquiriendo, nos enseña que casi todos los conflictos tienen solución, a veces por sí mismos, sin intervenir en ellos, que siempre “tras la tempestad llega la calma”.

TOLERANCIA. Con aquellas ideas que no compartimos, las personas con las que no simpatizamos, los hechos con los que no estamos de acuerdo, siempre que no afecten a nuestros principios o creencias más profundas. Si algo hemos aprendido a lo largo de los años, es a saber que casi todo es relativo. Volviendo a los refranes; “en este mundo traidor nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”.

SABIDURÍA. Posiblemente, no aquella entendida como erudición o conocimiento de materias, aunque también, sino la vital, la que se ha ido grabando en el interior de nuestro ser y ha ido conformando nuestra personalidad. Aquella que nace de la experiencia del día a día, de los triunfos o fracasos –más de éstos últimos-, de nuestras relaciones con los demás, de lo que se ha ido filtrando a través de los cinco sentidos e incluso del sexto, el de la intuición. “Más sabe el diablo por viejo, que por diablo”.

Y por último, ILUSION. Desterrar la idea de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Valorar el presente como un bien inestimable que no debemos dilapidar. Y aplicarnos a ello. Pensar menos en nosotros mismos y volver la vista hacia los demás. Interesarnos por los otros. Y convencernos de que aún contamos con capacidad para hacer muchas más cosas de las que imaginamos. Y cada mañana, al despertarnos con el regalo de un nuevo amanecer, repetirnos:

HOY ES EL PRIMER DIA DEL RESTO DE MI VIDA.
¡VOY A VIVIRLO PLENAMENTE!
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Mayte Tudea Busto
Presidenta de AMADUMA

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