Si tuviéramos que elegir aquellos lugares en donde
más se cultiva el admirable valor de la paciencia,
el autocontrol personal y la fraternidad sociológica, sin duda ocuparían uno de
los primeros puestos las salas de espera para consultas médicas o de urgencias en
los hospitales o ambulatorios de la sanidad pública y también en los centros
asistenciales de la medicina privada.
Si en cualquier cita médica el horario establecido
difícilmente llega a cumplirse, a las urgencias hospitalarias se acude con la
convicción de que habrá que esperar numerosos minutos e incluso horas para que
se nos atienda, debido a la saturación de pacientes que acuden con problemas más
o menor urgentes de salud.
Tradicionalmente, sobre todo en las consultas
privadas, pero también en la sanidad pública, los pacientes esperaban su turno
con la ayuda de un televisor instalado en la sala, que la enfermera de turno
conectaba a una cadena “que fuera distraída”. Tener que soportar esos programas
de tarde, en los que muchos participantes gritaban, discutían y potenciaban el
último chisme del famoso o famosa del corazón, resultaba penoso, cómico e
insufrible. En la actualidad continúan las pantallas,
en las que van apareciendo siglas de cuatro letras y números que de tanto fluir
y desaparecer provocan el mareo subsiguiente, para identificar si es nuestro
número o no. A veces, en lugar de números y letras, aparece en color rojo “bajen
el volumen de voz” pues la contaminación acústica de la gran sala, con tanto
“cotorreo” apenas deja escuchar la voz “enlatada” de los monitores y el
aturdimiento y nerviosismo para muchos pacientes es manifiesto. La gente va a
lo suyo, comentando y explicando con todo detalle sus personales dolencias.
Otras fijan su mirada en esa biblia poderosa y enciclopédica que “casi todo lo
puede”: el móvil multimedia, con la fuerza infinita del Google, la A.I. y el
WhatsApp.
La historia comienza tras la inauguración de un
nuevo y muy importante hospital de titularidad privada en la capital
provincial. Asombrosos capitales, negros, blancos o violetas habían sustentado la
generación de un “gigante” de la salud para la ciudadanía. Desde un principio,
la marca GRAN HOSPITAL había aceptado
la atención a los pacientes de las aseguradoras más destacadas o minoritarias.
Uno de sus mensajes publicitarios más reiterativos, con toda la tecnología digital
para el esperanzador márketing, anunciaba que los pacientes iban a ser tratados con exquisitez, para evitar el
clímax nervioso durante las largas esperas, tanto en las consultas externas
como en las salas de urgencias, a veces con más de un centenar de pacientes.
El “boca a boca” realizó una eficaz propaganda difusora. Se comentaba las excelencias de la experiencia por muchos pacientes que habían tenido que soportar un largo tiempo antes de ser atendido. ¿Y qué es lo que ocurría en esas salas tan concurridas, con personas de todas las edades y condición? Según los días de la semana, las técnicas de distracción variaban, a fin de evitar la rutina repetitiva.
La música ambiental,
muchas veces sinfónica, solía ser bastante utilizada. Beethoven, Brahms,
Tchaikovsky, Strauss, Bach, eran muy escuchados. También solía aparecer dos
elegantes enfermeras, conduciendo sendos carritos en los que llevaban agua embotellada, termos de café, té e infusiones
relajantes, bolsitas de frutos secos, chocolatinas y demás chucherías,
ofreciendo estos productos como en los trenes AVE o IRYO, portando las máquinas
lectoras de tarjetas para abonar las compras de los pacientes interesados. De
inmediato, la música sinfónica detenía su
emisión y aparecía un guitarrista profesional, que se subía a una mesa ex
profeso, y tocaba piezas de Falla y Granados. Los acordes
guitarreros pronto se intercalaban con la llegada de dos enfermeras,
vestidas con el uniforme de quirófano, que sorteaban
una litografía enmarcada de la Virgen del Perpetuo Socorro. Ofrecían tiras de
10 números, al precio de 5 euros la tira. Cuando finalizaba la venta, venía un
enfermero con un pequeño bombo de bolas de colores (los recursos cromáticos son
especialmente efectivos contra el desánimo) para elegir el número agraciado en
suerte. Había días en que el espectáculo consistía en que un monitor fisioterapeuta comenzaba a dirigir cortas sesiones
de Taichi o Reiki, para sosegar a los pacientes más intranquilos necesitados de
relajación exotérica. Se habilitaba al efecto una superficie esquinera en la
sala, en donde se extendía una amplia loneta para los ejercicios de suelo. Era
también muy apreciada la presencia en urgencias, algunos lunes, de la Panda de Verdiales Venta el Cabrero, de Almogía que
entonaba sus cantos y bailes, con su violín, la guitarra flamenca, la
bandurria, los platillos, los panderos y los palillos o castañuelas, sin que
faltase la acústica botella de aguardiente, que a todos emocionaba.
El entusiasmo de los pacientes era patente. Muchos de
los enfermos olvidaban, siquiera durante unos minutos y por la magia del
espectáculo, de sus dolencias de rodillas, sus arritmias cardiacas, sus gripes
otoñales, sus cervicales o lumbares, sus artrosis o sus duros tratamientos de
mayor severidad. Incluso algunos enfermos, se les olvidaba mirar a las
pantallas por si sus número y letras aparecían, pues no querían perderse la
alegría de los espectáculos ofertados.
La aportación lúdica/terapéutica del GRAN HOSPITAL
supuso que los pacientes y familiares que acudían a consulta o a la sala de
urgencias soportaran, con mejor talante, esos minutos y horas de espera que se
hacen insufribles, antes de ser atendidos por los profesionales sanitarios,
también “desbordados” ante la gran demanda de pacientes que necesitan ayuda
médica. La presencia de algunos psicólogos
en las salas de espera hospitalarias sería una excelente decisión para prestar
ayuda y autocontrol a las personas de temperamentos inestables. –
José L. Toro Casado Toro
Octubre 2026




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