30 octubre 2026

SALAS DE ESPERA PARA LA PACIENCIA

 


Si tuviéramos que elegir aquellos lugares en donde más se cultiva el admirable valor de la paciencia, el autocontrol personal y la fraternidad sociológica, sin duda ocuparían uno de los primeros puestos las salas de espera para consultas médicas o de urgencias en los hospitales o ambulatorios de la sanidad pública y también en los centros asistenciales de la medicina privada.

Si en cualquier cita médica el horario establecido difícilmente llega a cumplirse, a las urgencias hospitalarias se acude con la convicción de que habrá que esperar numerosos minutos e incluso horas para que se nos atienda, debido a la saturación de pacientes que acuden con problemas más o menor urgentes de salud.

Tradicionalmente, sobre todo en las consultas privadas, pero también en la sanidad pública, los pacientes esperaban su turno con la ayuda de un televisor instalado en la sala, que la enfermera de turno conectaba a una cadena “que fuera distraída”. Tener que soportar esos programas de tarde, en los que muchos participantes gritaban, discutían y potenciaban el último chisme del famoso o famosa del corazón, resultaba penoso, cómico e insufrible. En la actualidad continúan las pantallas, en las que van apareciendo siglas de cuatro letras y números que de tanto fluir y desaparecer provocan el mareo subsiguiente, para identificar si es nuestro número o no. A veces, en lugar de números y letras, aparece en color rojo “bajen el volumen de voz” pues la contaminación acústica de la gran sala, con tanto “cotorreo” apenas deja escuchar la voz “enlatada” de los monitores y el aturdimiento y nerviosismo para muchos pacientes es manifiesto. La gente va a lo suyo, comentando y explicando con todo detalle sus personales dolencias. Otras fijan su mirada en esa biblia poderosa y enciclopédica que “casi todo lo puede”: el móvil multimedia, con la fuerza infinita del Google, la A.I. y el WhatsApp.



La historia comienza tras la inauguración de un nuevo y muy importante hospital de titularidad privada en la capital provincial. Asombrosos capitales, negros, blancos o violetas habían sustentado la generación de un “gigante” de la salud para la ciudadanía. Desde un principio, la marca GRAN HOSPITAL había aceptado la atención a los pacientes de las aseguradoras más destacadas o minoritarias. Uno de sus mensajes publicitarios más reiterativos, con toda la tecnología digital para el esperanzador márketing, anunciaba que los pacientes iban a ser tratados con exquisitez, para evitar el clímax nervioso durante las largas esperas, tanto en las consultas externas como en las salas de urgencias, a veces con más de un centenar de pacientes.  

El “boca a boca” realizó una eficaz propaganda difusora. Se comentaba las excelencias de la experiencia por muchos pacientes que habían tenido que soportar un largo tiempo antes de ser atendido. ¿Y qué es lo que ocurría en esas salas tan concurridas, con personas de todas las edades y condición? Según los días de la semana, las técnicas de distracción variaban, a fin de evitar la rutina repetitiva.


La música ambiental, muchas veces sinfónica, solía ser bastante utilizada. Beethoven, Brahms, Tchaikovsky, Strauss, Bach, eran muy escuchados. También solía aparecer dos elegantes enfermeras, conduciendo sendos carritos en los que llevaban agua embotellada, termos de café, té e infusiones relajantes, bolsitas de frutos secos, chocolatinas y demás chucherías, ofreciendo estos productos como en los trenes AVE o IRYO, portando las máquinas lectoras de tarjetas para abonar las compras de los pacientes interesados. De inmediato, la música sinfónica detenía su emisión y aparecía un guitarrista profesional, que se subía a una mesa ex profeso, y tocaba piezas de Falla y Granados. Los acordes guitarreros pronto se intercalaban con la llegada de dos enfermeras, vestidas con el uniforme de quirófano, que sorteaban una litografía enmarcada de la Virgen del Perpetuo Socorro. Ofrecían tiras de 10 números, al precio de 5 euros la tira. Cuando finalizaba la venta, venía un enfermero con un pequeño bombo de bolas de colores (los recursos cromáticos son especialmente efectivos contra el desánimo) para elegir el número agraciado en suerte. Había días en que el espectáculo consistía en que un monitor fisioterapeuta comenzaba a dirigir cortas sesiones de Taichi o Reiki, para sosegar a los pacientes más intranquilos necesitados de relajación exotérica. Se habilitaba al efecto una superficie esquinera en la sala, en donde se extendía una amplia loneta para los ejercicios de suelo. Era también muy apreciada la presencia en urgencias, algunos lunes, de la Panda de Verdiales Venta el Cabrero, de Almogía que entonaba sus cantos y bailes, con su violín, la guitarra flamenca, la bandurria, los platillos, los panderos y los palillos o castañuelas, sin que faltase la acústica botella de aguardiente, que a todos emocionaba.



El entusiasmo de los pacientes era patente. Muchos de los enfermos olvidaban, siquiera durante unos minutos y por la magia del espectáculo, de sus dolencias de rodillas, sus arritmias cardiacas, sus gripes otoñales, sus cervicales o lumbares, sus artrosis o sus duros tratamientos de mayor severidad. Incluso algunos enfermos, se les olvidaba mirar a las pantallas por si sus número y letras aparecían, pues no querían perderse la alegría de los espectáculos ofertados.

La aportación lúdica/terapéutica del GRAN HOSPITAL supuso que los pacientes y familiares que acudían a consulta o a la sala de urgencias soportaran, con mejor talante, esos minutos y horas de espera que se hacen insufribles, antes de ser atendidos por los profesionales sanitarios, también “desbordados” ante la gran demanda de pacientes que necesitan ayuda médica. La presencia de algunos psicólogos en las salas de espera hospitalarias sería una excelente decisión para prestar ayuda y autocontrol a las personas de temperamentos inestables. –

José L. Toro Casado Toro

Octubre 2026


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