02 octubre 2026

MITOS Y REALIDADES DE HOY


 

El ser humano, en la limitación de su naturaleza, necesita y busca “mirarse”, ilusionarse y sustentarse en mitos o héroes humanos, creados artificialmente por sus especiales habilidades en los más variados segmentos de nuestra existencia. Deporte, cine, teatro, literatura, biología, medicina, periodismo, radiodifusión, periodismo, música, arte, filosofía, ciencia, cibernética, economía, etc.

En nuestra imperfección, nos esforzamos en crear personajes que destacan sobremanera en sus actividades específicas, los encumbramos, le prestamos culto, tratamos de imitar algunos de los aspectos que les caracterizan (forma de vestir, peinado, modales, gestos) nos ponemos una camiseta que lleve impresa su fotografía o su nombre, nos colgamos del cuello algún logotipo o figura con su rostro y también nos hacemos tatuajes con su imagen en alguna parte (incluso noble) de nuestro cuerpo.

Buscamos, con admirable afán investigador, cualquier dato acerca de la vida y las “hazañas” de esos seres privilegiados y favorecidos por el destino, envidiados con “latría” por el anónimo y fanático “pueblo de a pie”, releemos su vida plena de glamur y desenfreno, contrastando su divinidad mundana con la vida de “miseria” aburrimiento y rutina de las clases populares, masa analfabeta, sumisa, maleable y engañada. Mientras más sabemos acerca de esos seres privilegiados, rodeados de idolatría y entusiasta borreguismo, más felices y “cultos” parecemos (“lo he leído en el Lecturas, viene también en el Pronto, no te lo puedes creer, aparece esta semana ¡en el Hola! fuentes certeras y documentales del último chisme o bulo promovido por el hábil departamento de marketing).




Pero, aunque no lo creamos, dada nuestra fe inquebrantable en la figura mítica, esos seres anhelados y adorados son personas de “carne y hueso”. No son dioses del Olimpo. ni de cualquier otro paraíso o ámbito celestial. Tienen también sus defectos, sus debilidades, sus maldades y sus insólitas ruindades. Sin embargo, la masa cegada o hipnotizada, acólitos servidores del mito, sigue prestándoles veneración y ciega comprensión, además de sorprendente justificación hacia sus crematísticas mezquindades. Son ídolos de “mármol de Carrara” con los pies de barro enlodado.

Sin embargo, la masa fervorosa tiene gustos cambiantes. Con el tiempo se va cansando de esos seres mitificados a los que ha prestado “culto” durante años. La rutina es una epidemia invisible que deteriora ilusiones, creencias, fidelidades y burdas necesidades y entonces el hartazgo comienza a invadir y deteriorar la benevolencia borreguil del público. Paulatinamente, el nombre dinamizador e incluso taumatúrgico de esos ídolos fabricados por los talleres del marketing comienza a perder popularidad. Pero no hay motivo de preocupación, pues la sustitución se va produciendo por nuevas hornacinas que irrumpen con ferocidad en los mercados, creándose esa corte anónima y acrítica que sufraga sus riquezas. ¿Cómo?  Comprando sus libros, escritos por autores “fantasmas o negros”. Visionando sus películas. Asistiendo a sus caros y densificados conciertos. Vistiendo ropa y complementos con su nombre grabado. Aplaudiendo enfervorizados sus logros deportivos. “Peregrinando” a cualquier parte donde celebren sus luminosos montajes.




No son pocas las ocasiones en que esa pérdida de popularidad en esos grandes e importantes personajes es causada o potenciada por delitos, más o menos graves, pero bien encubiertos por el dinero, perpetrados en su vida privada. Su insoslayable presencia ante los tribunales de justicia va minando fidelidades y creencias. Comienza o se acrecienta la patética caída y derrumbe del “héroe mitificado y adorado por la masa acrítica y fanatizada, sedienta de dioses terrenales. El “semidios” era humano, como tú y como yo. Pierden popularidad. Aparecen cada vez menos en las redes mediáticas. Se han hecho mayores. Su época de fascinación va quedando obsoleta.

Al no sentirse aclamados, vitoreados, envidiados, imitados, fotografiados, la crítica epidemia del olvido se va cerniendo sobre sus fabricadas o artificiales imágenes y ello provoca que vayan cayendo en depresiones, adicciones y lamentos, porque se sienten injustamente relegados. Van “naciendo” de la nada otros líderes, mitos emergentes, para saciar la necesidad de la masa “analfabeta” de valores para subsistir en la crueldad mundana de esta absurda sociedad. Los dioses caídos, los ángeles relegados, los ídolos hundidos, en el frágil lodazal de su sustento.

Mas no hay que inquietarse. De la poderosa fábrica de las truculencias, a no tardar, emergerán otros mitos, diseñados ahora en los crípticos y sorprendentes hangares de la A.I. en los que difícilmente llegaremos a conocer el porcentaje de humanidad que en ellos subyace.


 Para un niño de 9 años, que en 1960 había podido ver en el cine Victoria de Málaga (ubicado en la Plaza de la Merced, cerrado en 2004 y derribado en 2019) UN RAYO DE LUZ, dirigida por Luis Lucia y protagonizada por la estrella emergente MARISOL (Josefa Flores González, 1948) resultó del todo emocionante y fascinante, recibir una carta. Contenía una foto en blanco y negro, con el rostro de Marisol, surcado por un par de lágrimas, con esa dulce dedicatoria firmada de “Para mi querido amigo …………. con todo el cariño de su buena amiga que no le olvida. Marisol”. Previamente, ese niño, amante del cine, había escrito a la productora, solicitando una foto dedicada, de esa niña actriz que a todos alegraba. –

 

José L. Casado Toro.

Octubre 2026 


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