04 septiembre 2026

PATINETAS Y MONOPATINES ELÉCTRICOS

 




Hace seis o siete décadas los muy mayores de hoy eran niños, que vivían en una España que trataba de superar una muy cruenta guerra entre hermanos. El terrible enfrentamiento bélico de casi tres años de duración, iniciado en julio de 1936, había sido motivado porque unos querían imponer un tipo y sentido de la vida que los otros rechazaban. Los fascistas de derecha “los nacionales” se sublevaron contra los republicanos de izquierda “los rojos”. Los dos bandos protagonizaron y tropelías y crueldades de lo más abyecto de la maldad humana, con una violencia denigrante y deshumanizada. El 5º mandamiento, para los creyentes religiosos, fue olvidado por todos los contendientes. La izquierda ideológica perdió la guerra y el nacional catolicismo de la derecha tuvo el campo libre para modelar una España a su antojo e interés, durante casi cuarenta años. La cruel represión militar y policial de los vencidos no finalizó el 1 de abril de 1939.

Los niños de la difícil posguerra no se habían olvidado de jugar, esa imprescindible actividad para sonreír y vitalizar su desarrollo. Era una España gris y taciturna, en donde el miedo y la represión imperaba, las carencias eran múltiples y las leyes impuestas por los vencedores, con el apoyo del catolicismo en todos los órdenes de la vida, cercenaban libertades de todo signo y carácter. Ante tanta miseria material e ideológica, los niños al menos podían y necesitaban jugar.

La imaginación era el mayor tesoro que esos niños de los cincuenta poseían, ante la carencia de grandes e importantes juguetes. Pocos eran los que podían acceder a una bicicleta, a un tren eléctrico o a balones de badana. Entonces había que improvisar, con el mayor desenfado y habilidad. Una piedra, un trozo de loza o de madera o el cierre de latón o chapa de una botella de cerveza podía suplir y hacer las veces de ese balón de reglamento del que se carecía para jugar. Los trenes de juguete, si se tenían había que impulsarlos con las manos y si no había vagones o máquinas de tren se improvisaban con cajas de cartón, o cajas de cerillas vacías, en donde “viajaban los pasajeros”. La bici era el juguete más anhelado por todos los niños. Si algún amigo o vecino tenía la suerte de tener una bicicleta, aunque fuera de segunda mano, provocaba la admiración de todos sus amigos. Podías pedirle que te la prestara durante unos minutos, a cambio de entregarle alguna canica de barro pintado o cristal o láminas coleccionables de las que traían las chocolatinas.


 

Pero la despierta imaginación infantil fue arbitrando medios para el desplazamiento “a gran velocidad”. Las dos piernas de los niños permitían correr “a toda pastilla”. La gente joven no se cansaba como los mayores. El invento pronto surgió: se buscaba un trozo de madera sin uso, al que se aplicaba cuatro ruedas de cojinetes. Algún padre o vecino habilidoso prestaba la ayuda técnica. Con ello ya se poseía un carrito plano y tosco para deslizarse con el impulso de los pies o se buscaba algunas calles con algo de pendiente, que se podía bajar con velocidad ayudándose del angular correspondiente. Los accidentes en esos juegos eran frecuentes. La cura con el mercurocromo, el esparadrapo o la visita al practicante resolvían las lesiones. Pero a la par del invento de este carrito deslizante con el suelo empedrado, apareció el gran sustituto de la bicicleta, para los que menos dinero tenían: LA PATINETA.



Un tablón alargado y estrecho en cuyo extremo delantero se aplicaba un eje vertical, también de madera, con una terminación horizontal a modo de manillares para la mejor conducción. Todo este cuerpo era sostenido por dos ruedas traseras y una delantera coordinada con el eje vertical. El sistema de empuje o motriz era muy ecológico, pues encina de la base se colocaba la pierna izquierda, mientras que la pierna derecha impulsaba la patineta aprovechando la rigidez del suelo. La velocidad de desplazamiento se incrementaba pateando el suelo con mayor frecuencia y fuerza. Tanto las ruadas de los tableros con cojinetes, como las ruedas de las patinetas generaban un ruido alegre e infantil para el disfrute.

Javi tuvo la suerte de conseguir una patineta en época de carestía. Un tío segundo, Diego tenía un amigo que trabajaba en los talleres de la RENFE, a quien pidió si podía hace una patineta para su sobrino. El buen carpintero construyó una espléndida patineta, de recia madera, con la particularidad de que las tres ruedas eran acanaladas, en las que insertó ruedas de goma para que al deslizarse por el suelo ganase en velocidad y redujera el sonido de rodadura. Javi se convirtió en el niño del barrio que más corría con su patineta, conduciendo con gran destreza a sus ocho años. Tomaba las curvas con la maestría de un avezado motorista. Se sentía muy contento con ese regalo que le hacía feliz para jugar y recorrer las calles.

 

Al paso de los muchos años, seis décadas más o menos, las necesidades de espacio y el coste del combustible ha hecho el “milagro” de renacer el uso de los MONOPATINETES, ahora impulsados por energía eléctrica que genera una batería recargable en la parte inferir del vehículo. Sólo tienen dos ruedas (delantera y trasera) y mandos eléctricos en los manillares.  



Los usuarios (preferentemente jóvenes, aunque también personas de más edad) apenas realizan esfuerzo físico, como no sea mantener el equilibrio y colocar en línea (uno delante del otro pie) los dos pies que con dificultad descansan en la plataforma, con lo que el gasto de calorías corporales no se realiza. La bicicleta no eléctrica al menos exige el esfuerzo de pedalear casi de continuo. La velocidad que pueden alcanzar estos monopatines eléctricos es incluso superior a los 20 km/h, velocidad que no está autorizada cuando circulas por los carriles bici en las aceras. El principal problema de estos usuarios es que no quieren desplazarse por la calzada, ya que temen el golpe lesivo de los coches y autobuses.


A este fin, los municipios han incrementado la construcción de carriles bici en las aceras de los peatones, Éstos han perdido seguridad y espacio para pasear por las calles, porque una mayoría de patinetes no circulan por los carriles sino por el espacio de los peatones y a gran velocidad. Aunque pueden ser multados, la impunidad de que gozan es inadmisible. No es que se esté pidiendo un policía para cada acera, pero si efectivamente se sancionara con rigor económico a los patinetes que circulan por lugares no autorizados sus conductores se lo pensarían, antes de amenazar los tobillos y piernas de los intranquilos paseantes. En ocasiones pueden verse a dos personas encina del monopatín, lo que hace preguntarnos dónde colocan los cuatro pies en la no amplia plataforma del vehículo. Recientemente se ha prohibido que los usuarios de estos monopatines puedan llevarlos cuando viajan en el autobús, por el peligro de la carga eléctrica de la batería que podría explosionar, con el riesgo para todos los viajeros.


Para finalizar, volvemos a echar la mirada sobre aquellos niños de la posguerra civil española (1936-1939) quienes disfrutaban ilusionados aplicando el poder de su imaginación con esos tableros de cuatro ruedas de cojinetes, los patines atados a sus zapatos y esas patinetas que impulsaban con la fuerza de su pierna derecha o izquierda. Los niños apetecían jugar en las calles, socializando su carácter. Pero en la actualidad son tiempos totalizados por el ordenador, las tablets o el móvil de última generación. Los niños permanecen sentados durante largas horas, utilizando sólo la energía de los dedos de sus manos. En la mayoría de los casos los sistemas operativos y la AI “piensan” por ellos. El sobrepeso de los niños aumenta con el peligro subsiguiente para el desarrollo de sus vidas adultas.  –

 

José L. Casado Toro

Septiembre 2026

 


 




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