Artículo
de Esther Camacho Ortega, Psicóloga experta en envejecimiento, UNIE Universidad.
Publicado en la revista digital The Conversation.
El verano rompe la rutina de muchas personas mayores:
cambian los horarios, las actividades y los lugares. Aunque este parón suele
beneficiar a muchas personas y no tanto a otras, para ambos grupos la vuelta no
siempre es sencilla. Recuperar el día a día de forma progresiva, teniendo en
cuenta los ritmos, y contar con apoyo es clave para evitar desorientación,
malestar o sobrecarga.
Durante el año, la rutina cumple una función
importante. No es solo “hacer lo mismo cada día”: también da seguridad,
organiza el tiempo y facilita el bienestar emocional. La
investigación ha mostrado que mantener una cierta estabilidad
en las actividades diarias se asocia con mejor sueño en personas mayores y con
menos insomnio.
La rutina ofrece la posibilidad de participar en
actividades culturales, formativas y de desarrollo como talleres, cursos de
idiomas y de habilidades o voluntariado, así como en actividades de ocio
beneficiosas, como paseos a horas concretas, comidas más regulares, ejercicio
físico y actividades grupales.
Estas actividades ayudan a mantener la mente activa y
el contacto social, y distintos estudios han relacionado la
participación en actividades físicas, sociales e intelectuales con un mejor
rendimiento cognitivo y una mayor calidad de vida.
Cambios estivales
Sin embargo, el verano introduce cambios. Muchas de
estas actividades se suspenden. Se viaja al pueblo, se visitan familiares o los
familiares vienen a casa. Los horarios, las cantidades de comida y sueño y la
organización del día se alteran. En algunos casos, hay más tiempo libre y
descanso; en otros, ocurre lo contrario y aumentan las responsabilidades.
Este cambio no
es necesariamente negativo. Salir del entorno habitual puede ser
estimulante y, en algunos casos, también favorecer el bienestar. Reencontrarse
con lugares conocidos, como la casa del pueblo, aporta sensación de continuidad
y puede funcionar como una experiencia emocionalmente reconfortante.
Pero no todas las experiencias estivales son iguales.
Para algunas personas mayores, el
verano implica perder espacios de autocuidado. El cierre de talleres
o centros puede suponer dejar de ver a amistades, reducir la actividad física o
perder estímulos cognitivos. Además, cuando disminuyen los contactos
habituales, puede aumentar la sensación de aislamiento. La evidencia es clara:
la soledad y el aislamiento social en personas mayores se asocian con peor
salud física y mental.
En otros casos, el verano añade carga. Hay personas
mayores que asumen más tareas: cuidar de nietos, encargarse de la casa familiar
o atender a otra persona dependiente. Incluso pueden convivir temporalmente con
familiares con los que la relación no es fácil. Todo esto puede generar
cansancio físico y emocional.
El esfuerzo de adaptación
Después de semanas o meses con horarios más flexibles,
el regreso a la rutina exige un esfuerzo de adaptación. A nivel cognitivo,
puede aparecer cierta desorientación, sobre todo si ha habido cambios de
entorno prolongados. Estudios sobre la organización de la vida diaria en
personas mayores sugieren que una mayor rigidez o necesidad de
rutina puede asociarse con más vulnerabilidad cognitiva y psicológica.
Además, el contraste puede ser brusco. Se pasa de un
periodo con más compañía a otro con más soledad, o al revés: de la tranquilidad
a una agenda llena de tareas. También influye el estado emocional con el que se
vuelve. No es lo mismo regresar descansado y con ilusión por retomar, que
hacerlo agotado o con sensación de sobrecarga.
Claves para una vuelta más fácil
La adaptación no debe ser inmediata ni exigente. Hay
algunas pautas que pueden ayudar:
· Planificar
la vuelta antes del verano: plazos
de inscripción a talleres, horarios a tener en cuenta a la vuelta… Todo en la
medida de lo posible y sin agobios.
· Recuperar
la rutina poco a poco: no
es necesario retomar todas las actividades de golpe. Es
mejor empezar por aquellas que resultan más significativas, como un dar un
paseo diario o leer el periódico.
· Restablecer horarios estables de sueño y comidas: la regularidad en los horarios de sueño se ha
vinculado con mejor descanso y salud en personas mayores.
· Incorporar
un buen hábito: hacer
más caminatas, comer más fruta o leer más.
· Favorecer
la socialización: retomar
el contacto con amistades o participar en actividades grupales reduce
la desconexión y ayuda a combatir la soledad.
· Hablar
sobre la experiencia del verano: compartir y escuchar a otras personas sobre lo
vivido facilita integrar el cambio y dar continuidad a la propia historia.
· Evitar
la sobrecarga: intentar
“recuperar el tiempo perdido” puede generar fatiga. Es importante alternar
actividad y descanso.
· Contar
con el apoyo del entorno: familiares,
amistades y personas que ofrecen cuidados deben respetar el ritmo de la persona
mayor, sin imponer tiempos ni expectativas.
Una oportunidad para revisar actividades
No hay que olvidar que la rutina no siempre es
positiva. Para algunas personas, volver significa retomar obligaciones
exigentes: cuidar de otros, encargarse del hogar o asumir responsabilidades sin
suficiente apoyo. En estos casos, el malestar no tiene que ver con la
adaptación, sino con las condiciones de vida.
Por eso, la vuelta a la rutina también constituye una
oportunidad para revisar qué actividades aportan bienestar y cuáles generan
carga. Es fundamental mantener lo que cuida (como los espacios sociales o las
actividades significativas, que se han relacionado con mejor funcionamiento cognitivo y mayor reserva cognitiva)
y buscar apoyo en lo que desgasta.
La clave está en entender que cada persona vive este
proceso de forma distinta. Acompañar, respetar los tiempos y recuperar poco a
poco aquello que da sentido al día a día facilita una vuelta más amable y
saludable, algo coherente con lo que muestran los estudios sobre
actividades de ocio, participación social y salud cognitiva en mayores.
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