Una
gitanilla de unos catorce o quince años acababa de dar a luz en el Convento de
Santa Catalina, unos mellizos tan distintos como la noche y el día, perdiendo la
vida en el parto. Las monjas que la asistieron se miraban extrañadas mientras
envolvían el cuerpo de la joven y arreglaban su entierro. No era, ni sería la última vez
que una joven embarazada y repudiada por su familia moría al dar a luz y nadie
reclamaba sus hijos.
Su extrañeza radicaba en el color de
los recién nacidos: uno blanco como la leche y una pelusa rubia por cabellera.
El otro de color aceitunado, como su madre, y el pelo negro ensortijado. Solo
tenían algo en común: una mancha en forma de pequeño corazón debajo del lóbulo
de su oreja izquierda. Un payo y un gitano en el mismo alumbramiento.
No iba a ser fácil encontrarles un
hogar. Los hermanos crecieron, ya bautizados como Ángel y Manuel Expósito, aunque
entre las paredes del convento los
conocían como el rubio y el aceituno. Sus diferencias de carácter también eran
evidentes: el rubio, amable y obediente. El aceituno, arisco y peleón, sobre
todo cuando defendía a su hermano porque se querían y ayudaban como solo lo
hacen dos almas huérfanas.
Un año dio paso al otro y ya habían
cumplido los seis. Las familias adoptivas no deseaban llevárselos juntos, solo
querían al rubio de ojos celestes. Cuando intentaban separarlos, gritaban y
pataleaban ante el espanto de los posibles padres. Luego, el aceituno calmaba a
su hermano con algún cante que había escuchado tararear a los jardineros, con su
voz profunda y sentida como pocas y le tocaba las palmas por lo bajito; casi nadie
sabía el origen de ese don. Entonces el rubio dejaba de llorar abrazándose a su
hermano, que ya le sacaba un palmo de estatura.
El último matrimonio interesado en el rubio
no le disgustó al aceituno y pensó en no seguir siendo un lastre para su
hermano. Con ellos tendría una vida mejor, aunque eso significara perderlo,
quizá para siempre. Y lo convenció diciéndole que viviría cerca y podía ir a
visitarlo cuando acompañara a las monjas con los recados. Le susurró al oído la
estrofa de su seguiriya preferida. Sellaron la despedida tocándose las manchas
de corazones con los ojos empañados y un fuerte abrazo.
Manuel Expósito aguantó hasta los quince
años entre hábitos y crucifijos. Con su genio de mecha corta no podía seguir
allí. De pelo azabache, piel tostada y un rostro afilado de nariz prominente,
mostraba orgulloso su raza. Ayudaba a los vendedores de mercadillos, entre los
que se sentía uno más. Con ellos se ganaba el pan y algunas pesetas más a
cambio de animar con sus cantes la clientela de los puestos. Por las noches
recorría los tablaos de Jerez para
unirse a los cantaores y bailaoras. Se sentía a gusto en ese ambiente y cantaba
con ellos esos palos del cante hondo tan difíciles como los tientos, martinetes
o malagueñas. Pronto convirtió esa habilidad en su profesión con el nombre
artístico de El Aceituno y creándose una bien merecida fama por su arte,
incluso entre los flamencólogos.
Ya
habían pasado veinte años, toda una vida para él, y a pesar de su insistencia, las
monjas nunca le dijeron el paradero de su hermano.
Mientras tanto, Ángel Expósito, rebautizado en Buenos Aires, gracias a
las influencias de su papá como Marcelo Avellaneda, viaja cruzando el Atlántico
para celebrar su fin de carrera en Ingeniería con sus compañeros. Su memoria se
nubló al poco de pisar la ciudad bonaerense; esa fue la misión que cada día se
propuso la familia al adoptarlo. Y él con los recuerdos difusos, como de otra existencia,
se había convertido en un auténtico porteño.
En su tour por Andalucía,
Marcelo y sus amigos recalaron en un tablao de Jerez, para escuchar a uno de
los mejores cantaores de flamenco, según la guía del viaje. Y allí estaba el
rubio, entre pocos forasteros y muchos entendidos, sentado alrededor de una mesa
con varias copas de fino.
De pronto, anunciaron la actuación de El
Aceituno. El público hizo el silencio más absoluto cuando subió al escenario, saludó
y se sentó erguido. Unas palmas sordas y un ligero carraspeo para afinar la voz.
Enseguida su sonido armonioso y profundo a la vez envolvió los sentidos de
todos los presentes. Desde las primeras notas, el duende del cante hondo se adueñó
de su garganta.
Al rubio se le erizó la piel y empezó a
palpitarle, como si tuviera vida propia, esa olvidada marca de nacimiento. Se
llevó la mano a ella y en ese mismo instante vio como El Aceituno, con los ojos
entornados, hizo un gesto idéntico. La letra de la seguiriya, la forma de
ahuecar las manos, el son de sus palmas sordas cuando le cantaba al oído y
aquel carraspeo inconfundible. En ese antiguo tablao, a miles de kilómetros de
su presunta tierra, se le abrió la espita de la memoria, que permanecía oculta
bajo siete llaves desde su niñez.
Esperanza Liñán Gálvez

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