24 septiembre 2026

DOS DESTINOS

 


Una gitanilla de unos catorce o quince años acababa de dar a luz en el Convento de Santa Catalina, unos mellizos tan distintos como la noche y el día, perdiendo la vida en el parto. Las monjas que la asistieron se miraban extrañadas mientras envolvían el cuerpo de la joven y arreglaban  su entierro. No era, ni sería la última vez que una joven embarazada y repudiada por su familia moría al dar a luz y nadie reclamaba sus hijos.   

        Su extrañeza radicaba en el color de los recién nacidos: uno blanco como la leche y una pelusa rubia por cabellera. El otro de color aceitunado, como su madre, y el pelo negro ensortijado. Solo tenían algo en común: una mancha en forma de pequeño corazón debajo del lóbulo de su oreja izquierda. Un payo y un gitano en el mismo alumbramiento.

        No iba a ser fácil encontrarles un hogar. Los hermanos crecieron, ya bautizados como Ángel y Manuel Expósito, aunque entre las paredes del convento  los conocían como el rubio y el aceituno. Sus diferencias de carácter también eran evidentes: el rubio, amable y obediente. El aceituno, arisco y peleón, sobre todo cuando defendía a su hermano porque se querían y ayudaban como solo lo hacen dos almas huérfanas.

       Un año dio paso al otro y ya habían cumplido los seis. Las familias adoptivas no deseaban llevárselos juntos, solo querían al rubio de ojos celestes. Cuando intentaban separarlos, gritaban y pataleaban ante el espanto de los posibles padres. Luego, el aceituno calmaba a su hermano con algún cante que había escuchado tararear a los jardineros, con su voz profunda y sentida como pocas y le tocaba las palmas por lo bajito; casi nadie sabía el origen de ese don. Entonces el rubio dejaba de llorar abrazándose a su hermano, que ya le sacaba un palmo de estatura.

        El último matrimonio interesado en el rubio no le disgustó al aceituno y pensó en no seguir siendo un lastre para su hermano. Con ellos tendría una vida mejor, aunque eso significara perderlo, quizá para siempre. Y lo convenció diciéndole que viviría cerca y podía ir a visitarlo cuando acompañara a las monjas con los recados. Le susurró al oído la estrofa de su seguiriya preferida. Sellaron la despedida tocándose las manchas de corazones con los ojos empañados y un fuerte abrazo.

        Manuel Expósito aguantó hasta los quince años entre hábitos y crucifijos. Con su genio de mecha corta no podía seguir allí. De pelo azabache, piel tostada y un rostro afilado de nariz prominente, mostraba orgulloso su raza. Ayudaba a los vendedores de mercadillos, entre los que se sentía uno más. Con ellos se ganaba el pan y algunas pesetas más a cambio de animar con sus cantes la clientela de los puestos. Por las noches recorría los tablaos  de Jerez para unirse a los cantaores y bailaoras. Se sentía a gusto en ese ambiente y cantaba con ellos esos palos del cante hondo tan difíciles como los tientos, martinetes o malagueñas. Pronto convirtió esa habilidad en su profesión con el nombre artístico de El Aceituno y creándose una bien merecida fama por su arte, incluso entre los flamencólogos.

        Ya habían pasado veinte años, toda una vida para él, y a pesar de su insistencia, las monjas nunca le dijeron el paradero de su hermano.

        Mientras tanto, Ángel Expósito, rebautizado en Buenos Aires, gracias a las influencias de su papá como Marcelo Avellaneda, viaja cruzando el Atlántico para celebrar su fin de carrera en Ingeniería con sus compañeros. Su memoria se nubló al poco de pisar la ciudad bonaerense; esa fue la misión que cada día se propuso la familia al adoptarlo. Y él con los recuerdos difusos, como de otra existencia, se había convertido en un auténtico porteño.

        En su tour por Andalucía, Marcelo y sus amigos recalaron en un tablao de Jerez, para escuchar a uno de los mejores cantaores de flamenco, según la guía del viaje. Y allí estaba el rubio, entre pocos forasteros y muchos entendidos, sentado alrededor de una mesa con varias copas de fino.

        De pronto, anunciaron la actuación de El Aceituno. El público hizo el silencio más absoluto cuando subió al escenario, saludó y se sentó erguido. Unas palmas sordas y un ligero carraspeo para afinar la voz. Enseguida su sonido armonioso y profundo a la vez envolvió los sentidos de todos los presentes. Desde las primeras notas, el duende del cante hondo se adueñó de su garganta.

        Al rubio se le erizó la piel y empezó a palpitarle, como si tuviera vida propia, esa olvidada marca de nacimiento. Se llevó la mano a ella y en ese mismo instante vio como El Aceituno, con los ojos entornados, hizo un gesto idéntico. La letra de la seguiriya, la forma de ahuecar las manos, el son de sus palmas sordas cuando le cantaba al oído y aquel carraspeo inconfundible. En ese antiguo tablao, a miles de kilómetros de su presunta tierra, se le abrió la espita de la memoria, que permanecía oculta bajo siete llaves desde su niñez.


                                                           Esperanza Liñán Gálvez

 

 

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