Somos
conscientes de que, a pesar de la crueldad que lleva aparejado el hecho
existencial, la suerte o la generosidad del destino
no es igual para los seres humanos. Unas personas realizan el camino con
más benevolencia que otras. La suerte, qué duda cabe, influye sobremanera.
También, por supuesto, es decisiva la voluntad y el esfuerzo personal. Resulta
obvio que el sacrificio aportado a un proyecto de vida suele dar mejores
resultados que aquéllos que renuncian al sacrificio para alcanzar determinadas
metas en sus vidas.
Unos
ciudadanos viven bien o extremadamente bien. Otros sufren carencias o
lacerantes carencias. Ninguno está contento con lo que tiene. El que mucho posee,
sufre por no tener más. El que prácticamente nada tiene, también sufre por poseer
algo. Sólo sería más feliz, el que nada necesitase, fundamente en el aspecto
material. Son las palabras del sabio: la persona
más rica es la que menos necesita.
Partiendo de
todas estas premisas, los seres humanos más
desfavorecidos en lo material han de aplicar
o arbitrar recursos, en ocasiones muy sofisticados, para “ganarse el
pan” de cada día. Tenemos abundantes ejemplos a nuestro alrededor. Comentemos
algunos, de especial escenificación y dramatismo.
Paseamos por
núcleos urbanos de especial intensidad peatonal. Entonces observamos a
personas, de muy diferentes edades, disfrazadas de
la manera más curiosa o insólita. Mantienen el equilibrio en posturas de
extremada dificultad. Sin moverse lo más mínimo. Durante minutos. Durante
horas. Muchos viandantes se detienen al ver a estas posturas humanas inmóviles,
reflejando sus rostros asombro y admiración. Unos toman fotos. Otros se
fotografían junto a estas estatuas humanas
contorsionadas. Los menos arrojan algunas monedas al cestillo que
antecede al actor la escena. No has caminado muchos pasos, cuando pronto aparece
otra de estas figuras inmovilizadas y a veces recubiertas de cremas, tinturas y
apliques, bajo un sol de justicia. O con temperaturas ambiente por encima de
los treinta grados centígrados.
Vemos también
cómo algunos jóvenes están realizando difíciles piruetas en el aire, saltos
acrobáticos o manejando objetos (aros de distintos colores, pelotas de goma, sombreros
de amplio calado, etc.) con una destreza malabarista asombrosa. La mayoría de
estos malabares, artistas de la destreza,
aprovechan la parada de los vehículos ante un semáforo en rojo. Antes que los
coches reanuden la marcha, dedican unos segundos para pasar el gorro o
sombrero, junto a las ventanillas generalmente cerradas, recogiendo las monedas
que los conductores, siempre con prisa, tengan a bien regalarles.
Hay en esas
vías muy concurridas de público, en el centro de las ciudades, personas que con
el atuendo de los payasos de circo
entretienen y divierten, durante abundantes minutos, a la chiquillería que
permanece sentada formando un círculo a su alrededor. Escenifican escenas
jocosas y sencillas, juegos que motivan las sonrisas y las risas de los
pequeños, quienes disfrutan del espectáculo junto a sus progenitores que
permanecen de pie. Los aplausos por cada escenificación son continuos. La buena
voz del actor es necesaria, aunque lo que más hace reír son las mímicas exageradas
y los gestos cómicos de estos payasos callejeros (dicho sea, con todo respeto).
Al finalizar cada uno de estos “pases” ofrecen el gran sombrero o gorra que
cubre sus cabezas para recoger “la voluntad” de los mayores, monedas que tal
vez les permita algún alimento para el almuerzo o la cena.
Entre los
artistas callejeros destaca siempre el juglar
guitarrista. En ocasiones, junto al “tocador”
instrumental va el “cantaor”. Acuden
a las terrazas de los bares, cafeterías y restaurantes, entonando melodías muy
conocidas o flamencas, predominando el género romántico. Generalmente el
guitarrista se suele “defender” en su labor, pero el cantante las más de las
veces deja mucho que desear en su actuación. A veces estos cantantes son
personas muy mayores, que apenas tienen potencia de voz para que se les
escuche, en medio del sonido ambiente. Cuando pasan el gorro o la propia
guitarra para solicitar “la voluntad”, las personas generosas comentan en voz
baja “a ver si se calla de una vez, porque me está dando la comida con su forma
terrible de desafinar”.
En todos los
lugares, y de manera especial en las zonas turísticas, nos encontramos
numerosas personas, de todas las edades, que piden
limosna o comida, a veces con un cartel escrito en un trozo de cartón,
en el que explican algunas circunstancias desgraciadas de sus vidas. “Estoy en
la calle sin hogar” “tengo hijos a quien alimentar” “estoy enfermo y necesito
ayuda”. Algunos son acompañados por sus mascotas, perros y gatos, en situación
de verdadera indigencia. Pueden leerse carteles escritor con el “I am hungry” Tengo
hambre. Algunos pedigüeños, incluso bien presentados, con una maleta cercana, se
sitúan en las puertas de los supermercados y cuando vas a entrar en el
establecimiento te dicen “¿Puedo indicarle lo que necesito?
Dentro de los
vagones del metro también aparecen cantautores viajeros
que aprovechan los largos trayectos para entonar canciones, pasando de
un vagón a otro. Lo usuarios de la línea soportan pacientemente esas breves
entonaciones, obligadas porque no puedes “huir” de la situación hasta que no
llegues a la próxima estación. En las horas punta, la densidad de viajeros
dificulta incluso que el guitarrista “cantaor” pueda sostener su instrumental y
lo que menos deseas en ese momento de agobio es escuchar a alguien, no famoso,
cantando con dudosa pericia.
Desde luego hay que afirmar que son formas absolutamente honradas de ganarse la vida o de subsistir en la más profunda carencia e infortunio.
Desde luego
hay que afirmar que son formas absolutamente honradas de ganarse la vida o de
subsistir en la más profunda carencia e infortunio. Para ello se utiliza y
aplica el ingenio, motivando la generosidad o caridad de los viandantes o
pasajeros. No siempre las fuerzas de seguridad permiten la actuación de estos
artistas ambulantes.
UNA SINGULAR EXPERIENCIA de esta naturaleza, vivencia especialmente insólita, la “soportó” el autor de estas líneas hace escasos días, cuando viajaba en una línea de la empresa municipal de transporte, EMT, Ayuntamiento de Málaga. El trayecto de esta línea de bus era bastante largo, con numerosas paradas, lo cual era una ventaja para el protagonista de la acción. Eran aproximadamente las 18 horas de un caluroso día laborable. Una mujer joven, de color, que hablaba la lengua española aceptablemente para la comprensión, se puso de pie, en medio del autobús y de improviso, en vez de comenzar a cantar se puso a “predicar” con una elevada voz. Los viajeros mostraban en silencio su asombro, pues no esperábamos que se nos diera una homilía, sin interrupciones, en pleno viaje. Desconozco si pertenecía a alguna asociación religiosa (no se presentó como debía) testigo de Jehová o lo que fuese. Desarrollaba bien la lección, marcando los compases, la entonación y las inflexiones de voz, eso sí, “predicando” de una forma acelerada y de una manera bastante fanática. No sé cómo podía respirar esta joven con el ritmo expresivo que utilizaba. El mensaje de su intervención era claro de entender, ya que lo repetía una y otra vez, de forma machacona. Dios te quiere. Dios te protege. Dios murió en la cruz para salvarnos. Adoremos al Señor. Agradezcamos al Señor. Pidamos perdón al Señor. El conductor del vehículo no se inmutó ni intervenido para frenar aquella arenga religiosa no solicitada. Desde el centro del autobús la predicadora empezó a recorrer los sucesivos asientos con la repetitiva jaculatoria del dios de te ama, dios te cuida, dios te salva. Cuando pasaba por los asientos, preguntaba: ¿Amas a Jesucristo? No estábamos en una iglesia, capilla, colegiata, convento o monasterio, sino en el interior de una línea de bus, en un día de terral, con el aire acondicionado puesto a toda pastilla, fluyendo unos chorros de aire gélido lesivo para las gargantas. La morena “misionera”, sin vestimenta clerical, por supuesto, continuaba con su apostolado. Aguanté dos paradas y me bajé del bus con celeridad. Me sentí liberado de un espectáculo inesperado e inadecuado.
José L. Casado Toro
Agosto 2026






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