21 agosto 2026

LA VOLUNTAD, POR FAVOR

 


Somos conscientes de que, a pesar de la crueldad que lleva aparejado el hecho existencial, la suerte o la generosidad del destino no es igual para los seres humanos. Unas personas realizan el camino con más benevolencia que otras. La suerte, qué duda cabe, influye sobremanera. También, por supuesto, es decisiva la voluntad y el esfuerzo personal. Resulta obvio que el sacrificio aportado a un proyecto de vida suele dar mejores resultados que aquéllos que renuncian al sacrificio para alcanzar determinadas metas en sus vidas.

Unos ciudadanos viven bien o extremadamente bien. Otros sufren carencias o lacerantes carencias. Ninguno está contento con lo que tiene. El que mucho posee, sufre por no tener más. El que prácticamente nada tiene, también sufre por poseer algo. Sólo sería más feliz, el que nada necesitase, fundamente en el aspecto material. Son las palabras del sabio: la persona más rica es la que menos necesita.

Partiendo de todas estas premisas, los seres humanos más desfavorecidos en lo material han de aplicar o arbitrar recursos, en ocasiones muy sofisticados, para “ganarse el pan” de cada día. Tenemos abundantes ejemplos a nuestro alrededor. Comentemos algunos, de especial escenificación y dramatismo.

Paseamos por núcleos urbanos de especial intensidad peatonal. Entonces observamos a personas, de muy diferentes edades, disfrazadas de la manera más curiosa o insólita. Mantienen el equilibrio en posturas de extremada dificultad. Sin moverse lo más mínimo. Durante minutos. Durante horas. Muchos viandantes se detienen al ver a estas posturas humanas inmóviles, reflejando sus rostros asombro y admiración. Unos toman fotos. Otros se fotografían junto a estas estatuas humanas contorsionadas. Los menos arrojan algunas monedas al cestillo que antecede al actor la escena. No has caminado muchos pasos, cuando pronto aparece otra de estas figuras inmovilizadas y a veces recubiertas de cremas, tinturas y apliques, bajo un sol de justicia. O con temperaturas ambiente por encima de los treinta grados centígrados.



Vemos también cómo algunos jóvenes están realizando difíciles piruetas en el aire, saltos acrobáticos o manejando objetos (aros de distintos colores, pelotas de goma, sombreros de amplio calado, etc.) con una destreza malabarista asombrosa. La mayoría de estos malabares, artistas de la destreza, aprovechan la parada de los vehículos ante un semáforo en rojo. Antes que los coches reanuden la marcha, dedican unos segundos para pasar el gorro o sombrero, junto a las ventanillas generalmente cerradas, recogiendo las monedas que los conductores, siempre con prisa, tengan a bien regalarles.


Hay en esas vías muy concurridas de público, en el centro de las ciudades, personas que con el atuendo de los payasos de circo entretienen y divierten, durante abundantes minutos, a la chiquillería que permanece sentada formando un círculo a su alrededor. Escenifican escenas jocosas y sencillas, juegos que motivan las sonrisas y las risas de los pequeños, quienes disfrutan del espectáculo junto a sus progenitores que permanecen de pie. Los aplausos por cada escenificación son continuos. La buena voz del actor es necesaria, aunque lo que más hace reír son las mímicas exageradas y los gestos cómicos de estos payasos callejeros (dicho sea, con todo respeto). Al finalizar cada uno de estos “pases” ofrecen el gran sombrero o gorra que cubre sus cabezas para recoger “la voluntad” de los mayores, monedas que tal vez les permita algún alimento para el almuerzo o la cena. 

Entre los artistas callejeros destaca siempre el juglar guitarrista. En ocasiones, junto al “tocador” instrumental va el “cantaor”. Acuden a las terrazas de los bares, cafeterías y restaurantes, entonando melodías muy conocidas o flamencas, predominando el género romántico. Generalmente el guitarrista se suele “defender” en su labor, pero el cantante las más de las veces deja mucho que desear en su actuación. A veces estos cantantes son personas muy mayores, que apenas tienen potencia de voz para que se les escuche, en medio del sonido ambiente. Cuando pasan el gorro o la propia guitarra para solicitar “la voluntad”, las personas generosas comentan en voz baja “a ver si se calla de una vez, porque me está dando la comida con su forma terrible de desafinar”.



En todos los lugares, y de manera especial en las zonas turísticas, nos encontramos numerosas personas, de todas las edades, que piden limosna o comida, a veces con un cartel escrito en un trozo de cartón, en el que explican algunas circunstancias desgraciadas de sus vidas. “Estoy en la calle sin hogar” “tengo hijos a quien alimentar” “estoy enfermo y necesito ayuda”. Algunos son acompañados por sus mascotas, perros y gatos, en situación de verdadera indigencia. Pueden leerse carteles escritor con el “I am hungry” Tengo hambre. Algunos pedigüeños, incluso bien presentados, con una maleta cercana, se sitúan en las puertas de los supermercados y cuando vas a entrar en el establecimiento te dicen “¿Puedo indicarle lo que necesito?

Dentro de los vagones del metro también aparecen cantautores viajeros que aprovechan los largos trayectos para entonar canciones, pasando de un vagón a otro. Lo usuarios de la línea soportan pacientemente esas breves entonaciones, obligadas porque no puedes “huir” de la situación hasta que no llegues a la próxima estación. En las horas punta, la densidad de viajeros dificulta incluso que el guitarrista “cantaor” pueda sostener su instrumental y lo que menos deseas en ese momento de agobio es escuchar a alguien, no famoso, cantando con dudosa pericia.

Desde luego hay que afirmar que son formas absolutamente honradas de ganarse la vida o de subsistir en la más profunda carencia e infortunio. 

Desde luego hay que afirmar que son formas absolutamente honradas de ganarse la vida o de subsistir en la más profunda carencia e infortunio. Para ello se utiliza y aplica el ingenio, motivando la generosidad o caridad de los viandantes o pasajeros. No siempre las fuerzas de seguridad permiten la actuación de estos artistas ambulantes.



UNA SINGULAR EXPERIENCIA de esta naturaleza, vivencia especialmente insólita, la “soportó” el autor de estas líneas hace escasos días, cuando viajaba en una línea de la empresa municipal de transporte, EMT, Ayuntamiento de Málaga. El trayecto de esta línea de bus era bastante largo, con numerosas paradas, lo cual era una ventaja para el protagonista de la acción. Eran aproximadamente las 18 horas de un caluroso día laborable. Una mujer joven, de color, que hablaba la lengua española aceptablemente para la comprensión, se puso de pie, en medio del autobús y de improviso, en vez de comenzar a cantar se puso a “predicar” con una elevada voz. Los viajeros mostraban en silencio su asombro, pues no esperábamos que se nos diera una homilía, sin interrupciones, en pleno viaje. Desconozco si pertenecía a alguna asociación religiosa (no se presentó como debía) testigo de Jehová o lo que fuese. Desarrollaba bien la lección, marcando los compases, la entonación y las inflexiones de voz, eso sí, “predicando” de una forma acelerada y de una manera bastante fanática. No sé cómo podía respirar esta joven con el ritmo expresivo que utilizaba. El mensaje de su intervención era claro de entender, ya que lo repetía una y otra vez, de forma machacona. Dios te quiere. Dios te protege. Dios murió en la cruz para salvarnos. Adoremos al Señor. Agradezcamos al Señor. Pidamos perdón al Señor. El conductor del vehículo no se inmutó ni intervenido para frenar aquella arenga religiosa no solicitada. Desde el centro del autobús la predicadora empezó a recorrer los sucesivos asientos con la repetitiva jaculatoria del dios de te ama, dios te cuida, dios te salva. Cuando pasaba por los asientos, preguntaba: ¿Amas a Jesucristo? No estábamos en una iglesia, capilla, colegiata, convento o monasterio, sino en el interior de una línea de bus, en un día de terral, con el aire acondicionado puesto a toda pastilla, fluyendo unos chorros de aire gélido lesivo para las gargantas. La morena “misionera”, sin vestimenta clerical, por supuesto, continuaba con su apostolado. Aguanté dos paradas y me bajé del bus con celeridad. Me sentí liberado de un espectáculo inesperado e inadecuado.



Volviendo al principio. La vida no trata a todos por igual. Es una triste e inevitable realidad. Muchos seres humanos son terriblemente infortunados. Y ya no sólo por las carencias materiales básicas, sino por cruentas enfermedades intensamente dolorosas, por genocidios criminales, por instituciones mundiales inoperantes, por guerras injustificables que asolan vidas, sin reparar en la edad o el respeto humano, con destrucción de ciudades enteras, por catástrofes y fenómenos naturales que arrasan todo lo creado, todo ello en un escenario de hipocresías, fanatismos, egoísmos, mentiras e ignominiosa impunidad. Esos infortunados seres, que viven en un mundo “desarrollado” y de consumismo compulsivo y patológico, o en sociedades muy arcaizadas en su atraso, merecen nuestro respeto, nuestra ayuda y nuestra comprensión. Hay que ser receptivo a esa frase de sólo cuatro palabras: LA VOLUNTAD, POR FAVOR. La solidaridad nos hace mejores. –


José L. Casado Toro

Agosto 2026

 


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