Un cuento de Vicente Blasco Ibáñez
El
entusiasmo caldeaba el teatro. ¡Qué debut! ¡Qué Lohengrin! ¡Qué
tiple aquella!
Sobre
el rojo de las butacas destacábanse en el patio las cabezas descubiertas o las
torres de lazos, flores y tules, inmóviles, sin que las aproximara el cuchicheo
ni el fastidio; en los palcos silencio absoluto; nada de tertulias y
conversaciones a media voz; arriba, en el infierno de la filarmonía rabiosa,
llamado irónicamente paraíso, el entusiasmo se escapaba prolongado y ruidoso,
como un inmenso suspiro de satisfacción, cada vez que sonaba la voz de la
tiple, dulce, poderosa y robusta. ¡Qué noche! Todo parecía nuevo en el teatro.
La orquesta era de ángeles: hasta la araña del centro daba más luz.
En
aquel entusiasmo tomaba no poca parte el patriotismo satisfecho. La tiple era
española, la López, sólo que ahora se anunciaba con el apellido de su esposo el
tenor Franchetti; un gran artista que, casándose con ella, la había hecho
ascender a la categoría de estrella. ¡Vaya una mujer! Legítima de
la tierra. Esbelta, arrogante; brazos y garganta con adorables redondeces, y
los blancos tules de Elsa amplios en la cintura, pero estrechos y casi estallando
con la presión de soberbias curvas. Sus ojos negros, rasgados, de sombrío
fuego, contrastaban con la rubia peluca de la condesa de Brabante. La hermosa
española era en la escena la mujer tímida, dulce y resignada que soñó Wágner,
confiando en la fuerza de su inocencia, esperando el auxilio de lo desconocido.
Al
relatar su ensueño ante el emperador y su corte, cantó con expresión tan
vagorosa y dulce, los brazos caídos y la extática mirada en lo alto, como si
viese llegar montado en una nube al misterioso paladín, que el público no pudo
contenerse ya, y como la retumbante descarga de una fila de cañones, salió de
todos los huecos del teatro, hasta de los pasillos, la atronadora detonación de
aplausos y gritos.
La
modestia y la gracia con que saludaba enardeció aún más al público. ¡Qué mujer!
Una verdadera señora; y en cuanto a buenos sentimientos, todos recordaban
detalles de su biografía. Aquel padre anciano, al que todos los meses enviaba
una pensión para que viviera con decencia: un viejo feliz, que desde Madrid
seguía la carrera de triunfos de su hija por todo el mundo.
Aquello
era conmovedor. Algunas señoras se llevaban a los ojos una punta del guante, y
en el paraíso, un vejete lloriqueaba metiendo la nariz en el embozo de la capa
para sofocar sus gemidos. Los vecinos se reían.
¡Vamos
hombre, que no era para tanto!
La
representación seguía su curso en medio de los ecos del entusiasmo. Ahora el
heraldo invitaba a los presentes, por si alguno quería defender a Elsa. Bueno,
adelante. Aquel público, que se sabía de memoria la ópera, estaba en el
secreto. No se presentaría ningún guapo. Después, con acompañamiento de tétrica
música, avanzaron las damas veladas para llevarse la condesa al suplicio. Todo
era broma; Elsa estaba segura. Pero cuando los bravos guerreros brabanzones se
agitaron en la escena, viendo a lo lejos el misterioso cisne y su barquilla, y
se fue armando en la imperial corte una batahola de dos mil demonios, el
público, por acción refleja, se movió ruidosamente, arrellanándose en el asiento,
tosiendo, suspirando, revolviéndose para hacer provisión de silencio. ¡Qué
emoción! Iba a presentarse Franchetti, el famoso tenor, un gran artista de
quien se murmuraba que habíase casado con la López buscando una compensación a
sus facultades decadentes en la frescura y valentía de su mujer. Aparte de
esto, un maestrazo que sabía salir triunfante con auxilio del arte.
¡Ah!…
Ya estaba allí, de pie en el esquife, apoyado en larga espada, el escudo
embrazado, cubierto el pecho de escamas de acero, irguiendo su arrogante figura
de buen mozo festejado por toda la aristocracia de Europa, y deslumbrando de
cabeza a pies, cual un pescado de plata envuelto en seda.
Silencio
absoluto; aquello parecía una iglesia. El tenor miraba su cisne, como si allí
no hubiese otro ser digno de atención, y en el místico ambiente fue
desarrollándose un hilo de voz tenue, dulce, vagoroso, cual si viniera de una
distancia invisible.
¡Mercè,
mercè, cigno gentile!…
¿Qué
fue lo que estremeció todo el teatro, poniendo de pie a los espectadores? Algo
estridente, como si acabara de rasgarse la vieja decoración del fondo; un
silbido rabioso, feroz, desesperado, que pareció hacer oscilar las luces de la
sala.
¡Silbar
a Franchetti antes de oírle! ¡Un tenor de cuatro mil francos! La gente de
palcos y butacas miró al paraíso con el ceño fruncido; pero arriba la protesta
fue más ruidosa. ¡Granuja! ¡Canalla! ¡Golfo! ¡A la cárcel con él! Y todo el
público, arremolinándose, de pie y con el puño amenazante, señalaba al vejete
que, cuando cantaba la tiple, metía la nariz en la capa para llorar, y ahora se
erguía intentando en vano hacerse oír. ¡A la cárcel! ¡A la cárcel!
Pisando
gente entró la pareja, y el viejo pasó a empujones de banco en banco,
abofeteando a todos con su capa caída y contestando con desesperados manoteos a
los insultos y amenazas, mientras que el público rompía a aplaudir
estrepitosamente, para animar a Franchetti, que había interrumpido su canto.
En
el pasillo detuviéronse el viejo y los guardias, respirando ansiosamente,
magullados por el gentío. Algunos espectadores les siguieron.
—¡Parece
imposible!—dijo uno de los guardias—. Una persona de edad y que parece decente…
—¿Y
usted qué sabe?—gritó el viejo con expresión agresiva—. Mis razones tengo para
hacer lo que he hecho. ¿Sabe usted quién soy yo? Pues soy el padre de Conchita,
de esa que se llama en el cartel la Franchetti, de la que aplauden con tanto
entusiasmo los imbéciles. ¡Qué tal!… ¿Les parece raro que silbe?… También yo he
leído los periódicos; ¡qué modo de mentir! «La hija amantísima…» «El padre
querido y feliz…» ¡Mentira, todo mentira! Mi hija ya no es mi hija, es un
culebrón, y ese italiano un granuja. Sólo se acuerda de mí para enviarme una
limosna, ¡como si el corazón comiera y le contentase el dinero! Yo no tomo un cuarto
de ellos: primero morir; prefiero molestar a los amigos.
Ahora
sí que era oído el viejo. Los que le rodeaban sentían hambrienta curiosidad
ante una historia que tan de cerca tocaba a dos celebridades artísticas. Y el
señor López, insultado por todo un público, deseaba comunicar a alguien su
indignación, aunque fuese a los guardias.
—No
tengo más familia que esa. Comprendan mi situación. Se crió en mis
brazos: la pobrecita no conoció a su madre. Sacó voz; dijo que
quería ser tiple o morir, y aquí tienen ustedes al bonachón de su padre
decidido a que fuese una celebridad o a morir con ella. Los maestros dijeron:
¡a Milán! Y allá va el señor López con su niña, después de dimitir su empleo y
vender los cuatro terrones heredados de su padre. ¡Válgame Dios y cuánto he
sufrido! ¡Cuanto he trotado antes del debut, de maestro en maestro y de
empresario en empresario! ¡Qué humillaciones, qué vigilancias para guardar a mi
niña, y qué privaciones; sí, señores, privaciones y hasta hambre,
cuidadosamente ocultada, para que nada faltase a la señorita! Y cuando cantó
por fin y comenzó a sonar su nombre, cuando yo me extasiaba ante los resultados
de mi sacrificio, llega ese fantasmón de Franchetti, y cantando sobre las
tablas dúos y más dúos de amor, acaban por enamoricarse, y tengo que casar a la
niña para que no me ponga mal gesto ni me parta el alma con sus lloros. Ustedes
no saben lo que es un matrimonio de cantantes. El egoísmo haciendo gorgoritos.
Ni cariño, ni corazón, ni nada; la voz, sólo la voz. Al ladrón de mi yerno le
molesté desde el primer momento; tenía celos de mí, quería alejarme para
dominar en absoluto a su mujer; y ella, que ama a ese payaso, que cada vez está
más unida a él por las ovaciones, dijo que sí a todo. ¡Las exigencias del arte!
¡Su modo de vivir, que no les permite deberse a la familia, sino al arte! Estas
fueron sus excusas, y me enviaron a España; y yo, por reñir con ese farsante,
reñí con mi hija. Hasta hoy no les había visto… Señores, llévenme ustedes donde
quieran, pero declaro que siempre que pueda vendré a silbar a ese ladrón
italiano… He estado enfermo, estoy solo: pues revienta, viejo, como si no
tuvieras hija. Tu Conchita no es tuya; es de Franchetti… pero no; es del arte.
Y ahora digo yo: Si el arte consiste en que las hijas olviden a los padres que
por ellas se sacrificaron, digo que me futro en el arte y que más me alegraría
encontrarme a mi Concha al entrar en casa remendando mis calcetines.
*FIN*
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