Artículo
de Dulce María Zúñiga Chávez, Profesora
investigadora de literatura, Universidad de Guadalajara. Publicado en la
revista Digital The Conversation.
Que a Gonzalo Celorio (México, 1948) se le
otorgue el Premio Cervantes 2025 no es sólo un
reconocimiento a una trayectoria de autor y humanista, es la celebración de una
manera de entender la literatura como destino y como arte de la memoria.
Gonzalo Celorio es un hombre de letras
“integral”. Así lo califica el jurado del Cervantes. Y estamos de acuerdo. Es
narrador, ensayista, hombre de teatro, filólogo y promotor cultural. Pero,
sobre todo, es un gran lector y erudito: “nada humano le es ajeno”. Sus
conocimientos van más allá de la literatura escrita en español. Sus intereses
lo han llevado a conocer de historia, antropología y otras ciencias humanas.
Una obra que abarca géneros y culturas
Gonzalo Celorio ocupa un lugar importante
en la literatura contemporánea no sólo por la amplitud y densidad de su obra,
sino por la conciencia profunda con la que ha sabido entretejer su historia
personal con la de una vasta geografía histórica y cultural que abarca países
como España, México, Cuba y Nicaragua. En su escritura, la experiencia
individual se dilata hasta volverse memoria compartida, y la memoria, a su vez,
se vuelve una forma de conocimiento.
Es autor de
las novelas Amor propio (1992), Y retiemble en sus centros la tierra (1999),
así como de la trilogía titulada irónicamente “Una familia ejemplar”, integrada por Tres
lindas cubanas (2006), El metal y la escoria (2014)
y Los
apóstatas (2020). En ella despliega una mirada crítica, a la
vez lúcida y entrañable, sobre los vínculos familiares y las fisuras de la
memoria. Construye una épica familiar que abarca varias épocas y territorios.
A esta obra narrativa se suma una producción
ensayística fundamental: El viaje sedentario (1994), México, ciudad de papel (1997), Ensayo de contraconquista (2001), Cánones subversivos (2009), Del esplendor de la lengua española (2016), De la carrera de la edad (2018), Mentideros de la memoria (2022) o Ese montón de espejos rotos (2025).
Varios de sus libros han sido traducidos al
inglés, francés, italiano, portugués, griego y chino, lo que da cuenta de su
proyección internacional.
La lengua como memoria
La obra de Gonzalo Celorio se alza como un
espacio donde el lenguaje deja de ser sólo un instrumento de comunicación y se
convierte en sustancia viva. Su escritura no sólo narra: respira, recuerda,
interroga. Hay en ella una convicción profunda de que las palabras no nombran
el mundo desde fuera, sino que lo engendran desde dentro. Su conocimiento del
idioma le valió ser elegido director de la Academia Mexicana de la Lengua.
También tiene vínculos oficiales con la Real Academia Española y con las
academias cubana y nicaragüense.
En sus escritos, el español encuentra una
de sus modulaciones más sensibles. Su voz no sólo cuenta anécdotas, sino que recuerda
por todos nosotros. Y en ese acto de recordar vuelve a fundar –con delicadeza y
hondura– un mundo.
Celorio posee una memoria prodigiosa, a la
menor provocación recita poemas de decenas de autores clásicos, o páginas
completas de novelas. Esto revela una relación íntima, física y corpórea con el
idioma. Así se vio en 2004, durante el homenaje internacional al autor
argentino Julio Cortázar, en la Universidad de Guadalajara. Allí, Celorio y el
escritor Eduardo Casar maravillaron al público escenificando de memoria el
capítulo 68 de la novela Rayuela, escrito en “gíglico” (lenguaje inventado).
Fue una sesión inolvidable.
El ritmo del lenguaje
Para Gonzalo Celorio, la literatura no es
sólo una manera de dar salida a sus recuerdos, sino también una forma de vida.
Así, confesó también que escribía “por una necesidad apremiante”.
La escritura del ganador del Premio
Cervantes 2025 puede entenderse como una poética de la narración: un modo de
concebir el lenguaje como ritmo, como resonancia, como espacio de condensación
simbólica donde se insinúa lo esencial. Cada palabra parece elegida no sólo por
su significado, sino por su peso y su música.
En este cruce de memoria y lenguaje, de
narración y poesía, la obra de Gonzalo Celorio se vuelve una interrogación
constante sobre la posibilidad de decir el mundo sin agotarlo. Su voz narrativa
no se impone: se despliega, se demora, escucha. Y en esa escucha encuentra su
forma más honda de verdad.
¡Enhorabuena, Gonzalo Celorio!
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