24 abril 2026

EL CULTURAL (33)

 

                  A MARTINA, EN LA MEMORIA.

    Nota 1.- Cuando en la reseña 32 me referí a la guerra de las Malvinas, prólogo del final de la dictadura que gobernó Argentina durante 7 años, no valoré que estaba por llegar la fecha que nos recordaría los 50 años pasados desde el 24/03/76, justo el día del golpe de Estado “más feroz” que recuerdan aquellas tierras.

   Ese 24 de marzo Argentina se debatía en una grave crisis económica, política y de seguridad, acentuada por la inexperiencia de la Presidenta María Estela  Martínez que asumió el cargo tras la muerte de su esposo, el general Perón. Un durísimo plan de ajuste con una devaluación de la moneda al cien por cien y la congelación salarial tuvo un efecto devastador en las clases más humildes. Además, se habían multiplicado los atentados de la guerrilla (Montoneros y Ejército del Pueblo) y los paramilitares de la Triple A. De hecho hubo algunos avisos: en 1975 varios aviones ametrallaron la Casa Rosada, sede de Gobierno; pocos días después se produjo un ultimátum del general Videla y a final de año, se produjeron peticiones formales de dimisión. El 24 de marzo el golpe fue imparable.

     La Junta Militar que derrocó la democracia la integraron los jefes de los tres ejércitos, Videla, Masera y Agustí con el propósito de refundar el país. Fue un golpe mesiánico y regeneracionista que tuvo un amplio respaldo político y social, y contó con la complicidad de parte del empresariado, de la Iglesia Católica y de los partidos políticos, incluso parte del peronismo y el Partido Comunista. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido en Chile con el golpe de Pinochet, el triunvirato no tuvo el apoyo de USA; de hecho, el presidente Carter mantuvo siempre una clara distancia con la cúpula militar.

      Pocos intuyeron el horror que los acechaba porque desde el primer momento, la Junta decidió eliminar a quienes consideraba opositores políticos, y creó centros clandestinos de detención por todo el país, con especial mención para la siniestra Escuela de Mecánica de la Armada. Y no se trataba solo de secuestrar, torturar o matar sino de borrar cualquier señal de que los opositores hubieran existido haciendo desaparecer su rastro y sus cadáveres, incluso arrojándolos vivos al océano desde aviones. En el informe “Nunca más”, encargado por el presidente Raúl Alfonsín, se documentan 340 centros de detención clandestinos y más de 30.000 desaparecidos, espantosa cifra comparada con los 1000 que se adjudican al gobierno de  Pinochet en Chile.

   A pesar del miedo, a partir de 1977 un grupo de mujeres comenzaron a manifestarse en la plaza de Mayo reclamando la libertad de los presos o al menos conocer sus paraderos y los de sus restos. Con los pañuelos blancos en la cabeza, las Madres de la Plaza de Mayo comenzaron a dinamitar el régimen y se convirtieron en símbolo de resistencia contra los milicos.

    La invasión de las islas Malvinas fue el principio del fin. Pasada la euforia inicial y los gritos patrióticos, el convencimiento de que un pequeño ejército venido de las Islas Británicas ponía al descubierto la incompetencia de las propias Fuerzas Armadas, llevó a la dimisión del general Galtieri y a la celebración en1983 de unas elecciones libres que eligieron a Alfonsín como Presidente.

   Sería interesante hacer un catálogo de los artistas que se exiliaron y se integraron en nuestro cine teatro y literatura. Unos pocos nombres elegidos al azar: Héctor Alterio y sus hijos Ernesto y Malena; Cristina Rota, profesora de actores, y sus hijos Juan Diego y María Botto (el padre de la familia fue uno de los desaparecidos), Cecilia Roth y su hermano Ariel…

Nota 2.- A Martina Inchauspe la conocí cuando se incoporó a mi Instituto de Ceuta como profesora de Filosofía. En el tiempo que fuimos compañeros conocí parte de su historia y me impactó la peripecia que la llevó desde la Universidad de Buenos Aires a ganarse la vida en Madrid fregando escaleras. Su exilio fue una huida propiciada por los rumores de que “algunos” se interesaban por sus ideas políticas. Conseguida la nacionalidad española y ganada la correspondiente oposición, pudo retomar una vida digna como la que perdió.

    Su historia me llevó componer un cuento que titulé  -con escasa originalidad- “No llores por mí, Argentina”, publicado en el número 22 de nuestra revista, en octubre del 2010, y cuyas líneas finales copio para cerrar este escrito: El agua es limpia ahora, cuando se dispone a comenzar la faena de la tarde, el primer tramo de escalera. Enseguida será oscura, como la del Paraná, como el rostro de los desaparecidos, como la nostalgia que se colgará de su brazo para siempre.

José Ramón Torres Gil.


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