Artículo
de Alfredo Rodríguez Muñoz,
Catedrático de Psicología Social y de las Organizaciones, Universidad
Complutense de Madrid. Publicado en la revista digital The Conversation.
En redes sociales y libros de autoayuda se
repite una idea seductora. Pertenecer al llamado “club de las 5 de la mañana”,
levantándose a esa hora, es el primer paso hacia el éxito. Con este hábito se
promete más productividad, más autocontrol y, casi por extensión, una vida
mejor. Tim Cook, CEO de Apple, es conocido por empezar su jornada de madrugada,
y el actor Mark Wahlberg llegó a popularizar rutinas extremas en las que
afirmaba levantarse a las 2:30 para entrenar. La conclusión implícita parece
clara: si quiere triunfar, tiene que ganarle horas al sol.
Sin embargo, cuando miramos qué dice la
investigación sobre sueño y rendimiento, el mensaje es mucho menos épico. Para
muchas personas forzar el madrugón no es una receta para el éxito, sino para
rendir peor, tomar decisiones más impulsivas y acumular una deuda de salud que
tarde o temprano se paga.
No todos tenemos el mismo reloj interno
Existen diferencias individuales estables
en los llamados cronotipos. Algunas personas son más “alondras” y se activan temprano,
mientras que otras son más “búhos” y rinden mejor por la tarde o la noche.
Estas diferencias no son un capricho ni una cuestión de disciplina, sino en
parte biológicas y genéticas.
Además, el cronotipo no es completamente fijo: a lo largo de la vida tendemos, de forma
gradual, a volvernos algo más matutinos. La adolescencia suele ser la etapa más
vespertina, mientras que en la edad adulta el reloj interno se desplaza
lentamente hacia horarios más tempranos. Pero ese cambio es progresivo, no
voluntario, y no se puede acelerar simplemente con fuerza de voluntad.
Sin embargo, intentar convertir a un búho
en una alondra de un día para otro es, en el mejor de los casos, ineficiente, y
en el peor, un choque frontal con nuestra fisiología: el cuerpo puede estar
fuera de la cama, pero el cerebro sigue funcionando en “modo noche”.
Cuando
forzamos nuestra agenda para que colisione con nuestro reloj interno, entramos en un estado de jet lag
social. Este fenómeno no es
simplemente estar cansado: es vivir en un desfase crónico donde la
biología interna y las exigencias externas operan en zonas horarias distintas.
Este desajuste estresa nuestra fisiología de forma constante. Como
resultado, altera la regulación metabólica, dispara la resistencia a la insulina y eleva el riesgo cardiovascular.
La trampa real: recortar
sueño
El segundo gran riesgo del club de las 5 no es madrugar en sí,
sino lo que suele implicar: recortar horas de sueño. La mayoría de adultos
necesita entre siete y nueve horas de descanso para un funcionamiento óptimo.
Sin embargo, muchas personas adoptan rutinas extremas sin acostarse antes;
simplemente duermen menos. En el ecosistema de gurús de la productividad
incluso se han popularizado frases tan reveladoras como que “dormir es de
pobres”, como si el descanso fuera un defecto moral y no una necesidad
biológica.
El sueño, en realidad, no es un tiempo improductivo, sino un proceso activo de recuperación. Durante la noche el cerebro consolida la memoria, regula las
emociones, restaura el sistema inmunitario y mantiene el equilibrio metabólico.
Cuando el descanso se recorta de forma crónica aumentan la fatiga, la
irritabilidad y el riesgo de problemas de salud mental. También se
deterioran la atención y el rendimiento cognitivo.
Además, dormir
menos no significa solo dormir un
poco peor. La arquitectura del sueño funciona en ciclos, y las
fases finales cumplen una función crítica: integrar experiencias, procesar la
carga emocional y afinar el juicio. Cuando adelantamos sistemáticamente el
despertador no solo reducimos el descanso total: sacrificamos el tramo que más
contribuye a la lucidez.
Aquí aparece uno de los mitos más persistentes: confundir más
horas despierto con más productividad. Un cerebro privado de sueño puede
responder correos a primera hora, sí, pero funciona con menos control
ejecutivo, más impulsividad y peor capacidad para planificar, evaluar riesgos y
liderar con empatía.
Dormir menos para trabajar más es como conducir un coche cada vez
más rápido después de haberle quitado los frenos. Quizá se avance, pero el
coste llega en la siguiente curva.
La cultura del cansancio
no es una medalla
El fenómeno del madrugón extremo encaja en algo más amplio: la
glorificación del agotamiento como símbolo de compromiso. Durante años en
muchas organizaciones se ha premiado implícitamente a quien presume de dormir
poco o de estar siempre disponible.
La evidencia es clara: los líderes fatigados no son héroes
estoicos. Suelen ser percibidos como más irritables, menos carismáticos y menos
capaces de conectar emocionalmente con sus equipos.
Además, el
discurso de las mañanas
milagrosas suele ignorar las condiciones reales de vida. No
todo el mundo puede permitirse levantarse temprano para meditar, leer o
entrenar en silencio. Para muchas personas madrugar significa simplemente
añadir una hora más de cansancio a jornadas ya largas, con trabajos exigentes y
responsabilidades de cuidado.
Nada de esto significa que madrugar sea negativo para todo el
mundo. Hay personas que se sienten bien levantándose temprano y duermen lo
suficiente haciéndolo. El problema aparece cuando se vende como receta
universal y se ignora la diversidad biológica.
La ciencia del sueño es menos épica que los gurús de la
productividad, pero mucho más útil. Lo que importa no es levantarse antes que
los demás, sino dormir lo necesario y de forma regular.
Quizá la verdadera ventaja competitiva no sea ganarle horas al
sol, sino inaugurar el día con un cerebro realmente descansado. Porque el éxito
no empieza a las cinco de la mañana. Empieza cuando dejamos de vivir
permanentemente cansados.
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