En este siglo XXI en el que estamos instalados
de modo obligatorio -no podemos retroceder ni avanzar aunque queramos- los
cambios que se han producido (tanto en nuestro país como en nuestro planeta) han
dado un giro al panorama mundial, tan brutal e incomprensible que, al menos en
mi caso, me colocan en un plano de sorpresa permanente y, en ocasiones, hasta de
estupor.
El
mundo estaba organizado (o desorganizado),
de una forma quizá injusta, pero sujeta a determinadas leyes o parámetros
internacionales que se respetaban y a los que estábamos acostumbrados. Transitábamos
por sendas conocidas y eso nos daba una cierta seguridad. El imperio
norteamericano nos “mangoneaba” pero nos protegía y Europa,
aunque sometida en parte a sus dictados, lo utilizaba en su defensa como “al primo de Zumosol”
En
el lado contrario teníamos a Rusia y a su peligroso zar, el terrible Putin –un
dictador elegido por las urnas- y durante un tiempo su ambición estuvo más o
menos solapada, aunque no sus formas de gobierno y su sibilina y criminal manera
de suprimir a los adversarios. Al invadir Ucrania se rompió el status
establecido (al menos en este siglo) y se inició la vía libre para imponer la
arbitrariedad más absoluta. Los
argumentos del Kremlin han sido buscarse una excusa peregrina para invadir el
Dombás y así iniciar una guerra que
causa dolor y pérdida de vidas humanas y que se prolonga desde hace cuatro años.
Con ella ha desmantelado el orden internacional y ha creado un sinfín de
problemas a la propia Europa. Los que más sufren, por supuesto, son los propios
ucranianos y los jóvenes rusos que Putin (sin ningún pudor) envía al
“matadero”. Las vías de solución de este conflicto se presentan muy difíciles,
como no sean las de aceptar sus exigencias y admitir ese precedente para el futuro.
Y
como las desgracias nunca vienen solas otro “vocacional” dictador detenta ahora
la presidencia de los Estados Unidos: Donald Trump. Un ser engreído, pagado de
sí mismo, bravucón, con una incontinencia verbal provocadora, convencido de que
el mundo le pertenece y debe someterse a sus intereses e incluso a sus
caprichos. Su lema: “esto veo esto
quiero y si no me lo dan lo tomo” lo aplica sin ningún tipo de anestesia. Nada
parece frenar su afán expansionista y no hablemos de los métodos brutales que
emplea contra la emigración. La violencia que practica esa “policía paralela”
para controlar este tema le pone a cualquiera los vellos de punta. Y sin
embargo, tras el espectacular secuestro por los norteamericanos de otro
dictador de libro, Nicolás Maduro, y sin conocer los acuerdos a los que ha
llegado Trump con la recién nombrada presidenta de Venezuela, Delcy Rodriguez,
se ha abierto una vía de esperanza en ese país para los maltratados presos
políticos. Los están liberando. Algo impensable hace muy pocos meses ante la
represión implacable de Maduro.
Ignoro
cómo se han de ir desarrollando los acontecimientos y si los venezolanos podrán
volver a votar con libertad y alcanzar la democracia algún día, pero ante este
cambio que parece se ha iniciado recurro al título de un libro que leí en mi
primera juventud “¿Dios escribe con
renglones torcidos?”
En
la próxima reflexión le tocará el turno al tercer componente del trío de
dictadores Xi Jinping.
Mayte Tudea
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Por favor: Se ruega no utilizar palabras soeces ni insultos ni blasfemias, así todo irá sobre ruedas.
Reservado el derecho de admisión para comentarios.