16 febrero 2026

REFLEXIONES BAJO LA LLUVIA

 

En este siglo XXI en el que estamos instalados de modo obligatorio -no podemos retroceder ni avanzar aunque queramos- los cambios que se han producido (tanto en nuestro país como en nuestro planeta) han dado un giro al panorama mundial, tan brutal e incomprensible que, al menos en mi caso, me colocan en un plano de sorpresa permanente y, en ocasiones, hasta de estupor.

       El mundo estaba  organizado (o desorganizado), de una forma quizá injusta, pero sujeta a determinadas leyes o parámetros internacionales que se respetaban y a los que estábamos acostumbrados. Transitábamos por sendas conocidas y eso nos daba una cierta seguridad. El imperio norteamericano nos “mangoneaba” pero nos protegía  y  Europa, aunque sometida en parte a sus dictados,  lo utilizaba en su defensa como “al primo de Zumosol”

       En el lado contrario teníamos a Rusia y a su peligroso zar, el terrible Putin –un dictador elegido por las urnas- y durante un tiempo su ambición estuvo más o menos solapada, aunque no sus formas de gobierno y su sibilina y criminal manera de suprimir a los adversarios. Al invadir Ucrania se rompió el status establecido (al menos en este siglo) y se inició la vía libre para imponer la arbitrariedad más absoluta.  Los argumentos del Kremlin han sido buscarse una excusa peregrina para invadir el Dombás y así  iniciar una guerra que causa dolor y pérdida de vidas humanas y que se prolonga desde hace cuatro años. Con ella ha desmantelado el orden internacional y ha creado un sinfín de problemas a la propia Europa. Los que más sufren, por supuesto, son los propios ucranianos y los jóvenes rusos que Putin (sin ningún pudor) envía al “matadero”. Las vías de solución de este conflicto se presentan muy difíciles, como no sean las de aceptar sus exigencias y admitir ese precedente para el futuro.

       Y como las desgracias nunca vienen solas otro “vocacional” dictador detenta ahora la presidencia de los Estados Unidos: Donald Trump. Un ser engreído, pagado de sí mismo, bravucón, con una incontinencia verbal provocadora, convencido de que el mundo le pertenece y debe someterse a sus intereses e incluso a sus caprichos. Su lema: “esto veo esto quiero y si no me lo dan lo tomo” lo aplica sin ningún tipo de anestesia. Nada parece frenar su afán expansionista y no hablemos de los métodos brutales que emplea contra la emigración. La violencia que practica esa “policía paralela” para controlar este tema le pone a cualquiera los vellos de punta. Y sin embargo, tras el espectacular secuestro por los norteamericanos de otro dictador de libro, Nicolás Maduro, y sin conocer los acuerdos a los que ha llegado Trump con la recién nombrada presidenta de Venezuela, Delcy Rodriguez, se ha abierto una vía de esperanza en ese país para los maltratados presos políticos. Los están liberando. Algo impensable hace muy pocos meses ante la represión implacable de Maduro.

       Ignoro cómo se han de ir desarrollando los acontecimientos y si los venezolanos podrán volver a votar con libertad y alcanzar la democracia algún día, pero ante este cambio que parece se ha iniciado recurro al título de un libro que leí en mi primera juventud “¿Dios escribe con renglones torcidos?”

       En la próxima reflexión le tocará el turno al tercer componente del trío de dictadores Xi Jinping.

 

Mayte Tudea


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