27 enero 2026

REFLEXIONES DE INVIERNO

 

Este verano pasado tuve el tiempo y las ganas de recapacitar en el blog sobre los acontecimientos que se iban sucediendo y que me movían  a expresarme sobre ellos y sus consecuencias. Hubo compañeros que me comentaron también sus impresiones y se estableció una especie de diálogo a distancia  creo que enriquecedor.

Llegó el otoño.  El regreso a las clases de la universidad, a preparar las  diversas actividades de Amaduma, y también las personales, apagó ese deseo de comunicar por escrito lo que pasaba por mi cabeza. O quizá también, porque esa estación es más serena, y puede que no hayan ocurrido grandes conmociones en estos últimos meses. Y si las ha habido estaban relacionadas con la política: corrupciones diversas, jueces, juzgados, condenas… Un laberinto en el que es muy fácil perderse y se corre el peligro de no encontrarse.

Pero ¡ay amigos!  El invierno  ha llegado y lo ha hecho sin concesiones. Un invierno que ha recuperado su razón de ser: el frío, la lluvia, la nieve y toda esa serie de borrascas  a las que  bautizan (supongo que de forma laica)  y que  llevan nombre  de forma políticamente correcta: uno masculino, otro femenino… La igualdad por decreto. Sobre todo en cuestiones baladíes. En las importantes es más difícil mantenerla.

Pues bien, este invierno ha estallado un volcán eruptivo y demoledor, una ciclogénesis explosiva y nos ha conmocionado a todos. Me estoy refiriendo al trágico accidente de Adamuz, al descarrilamiento y choque de dos trenes en vías contrarias que ha supuesto la pérdida de cuarenta y cinco vidas de un modo aparentemente incomprensible.

Tratan de explicárnoslo: Las vías se habían renovado completamente (ahora completamente no tiene el mismo significado); teníamos el sistema de alta velocidad mejor del mundo (incluso proyectaban aumentarlo en breve), todo era muy guay, maravilloso, vivíamos en el mejor de los mundos posibles. La realidad no entiende de ensoñaciones y hace su aparición de forma cruda. No concede treguas.

Y tenemos cuarenta y cinco familias rotas: niños sin padres, padres sin hijos, jóvenes sin futuro… Terrible. No podemos ni acercarnos con el pensamiento al dolor que arrastran esos familiares y al agujero negro en el que los han sumergido.

No quiero olvidarme del maquinista, también fallecido, en Cataluña. ¿Cómo puede derrumbarse un muro que sostiene un puente? ¿No hay previsión para una lluvia más intensa de lo normal? De ser así en Galicia no existirían muros ni puentes. Todos se habrían derrumbado.

Termino por hoy. Pero me temo que esto solo acaba de comenzar.

MAYTE TUDEA


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