Este verano pasado tuve el tiempo y las
ganas de recapacitar en el blog sobre los acontecimientos que se iban
sucediendo y que me movían a expresarme
sobre ellos y sus consecuencias. Hubo compañeros que me comentaron también sus
impresiones y se estableció una especie de diálogo a distancia creo que enriquecedor.
Llegó el otoño. El regreso a las clases de la universidad, a preparar
las diversas actividades de Amaduma, y
también las personales, apagó ese deseo de comunicar por escrito lo que pasaba
por mi cabeza. O quizá también, porque esa estación es más serena, y puede que
no hayan ocurrido grandes conmociones en estos últimos meses. Y si las ha
habido estaban relacionadas con la política: corrupciones diversas, jueces,
juzgados, condenas… Un laberinto en el que es muy fácil perderse y se corre el
peligro de no encontrarse.
Pero ¡ay amigos! El invierno
ha llegado y lo ha hecho sin concesiones. Un invierno que ha recuperado
su razón de ser: el frío, la lluvia, la nieve y toda esa serie de borrascas a las que
bautizan (supongo que de forma laica)
y que llevan nombre de forma políticamente correcta: uno
masculino, otro femenino… La igualdad por decreto. Sobre todo en cuestiones
baladíes. En las importantes es más difícil mantenerla.
Pues bien, este invierno ha estallado
un volcán eruptivo y demoledor, una ciclogénesis explosiva y nos ha
conmocionado a todos. Me estoy refiriendo al trágico accidente de Adamuz, al
descarrilamiento y choque de dos trenes en vías contrarias que ha supuesto la
pérdida de cuarenta y cinco vidas de un modo aparentemente incomprensible.
Tratan de explicárnoslo: Las vías se
habían renovado completamente (ahora completamente no tiene el mismo
significado); teníamos el sistema de alta velocidad mejor del mundo (incluso
proyectaban aumentarlo en breve), todo era muy guay, maravilloso, vivíamos en el mejor de los mundos posibles. La
realidad no entiende de ensoñaciones y hace su aparición de forma cruda. No
concede treguas.
Y tenemos cuarenta y cinco familias
rotas: niños sin padres, padres sin hijos, jóvenes sin futuro… Terrible. No
podemos ni acercarnos con el pensamiento al dolor que arrastran esos familiares
y al agujero negro en el que los han sumergido.
No quiero olvidarme del maquinista,
también fallecido, en Cataluña. ¿Cómo puede derrumbarse un muro que sostiene un
puente? ¿No hay previsión para una lluvia más intensa de lo normal? De ser así
en Galicia no existirían muros ni puentes. Todos se habrían derrumbado.
Termino por hoy. Pero me temo que esto
solo acaba de comenzar.
MAYTE TUDEA
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