Artículo
de Ainhoa Arriazu-Ramos, Dra
Arquitecta-Investigadora postdoctoral en sostenibilidad medioambiental y
adaptación al cambio climático de las ciudades, Universidad de Deusto.
Publicado en la revista digital The Conversation.
El año 2024 fue hasta ahora el más caluroso a nivel mundial desde que existen
registros, con una temperatura media 1,55 °C más alta que la
registrada en la época preindustrial 1850-1900. Las olas de calor han dejado de
ser eventos aislados: cada vez son más frecuentes, intensas y prolongadas.
El impacto de este calentamiento global es
especialmente crítico en las ciudades. El fenómeno de isla de calor urbana provoca que las
temperaturas en las ciudades sean hasta 4 °C más altas que en las zonas
rurales cercanas, especialmente durante las noches de verano.
Si a lo anterior se suma que cada vez más personas
viven en entornos urbanos –en 2050 más del 70 % de la población mundial
residirá en dichos entornos–, surge una pregunta inevitable: ¿cómo
podemos diseñar nuestras ciudades para que sigan siendo habitables con tanto
calor?
Cambios en el espacio público
Introducir más naturaleza en nuestras urbes es una de
las mejores estrategias para adaptarlas al calor. Sin embargo, no es solo
cuestión de “cumplir” con un mínimo de superficie verde por habitante: ¿de qué
sirve tener un gran parque a una hora de distancia si no contamos con sombra en
el camino al trabajo o con un espacio verde en nuestro barrio donde refugiarnos
del calor?
Hay que incorporar la naturaleza diseñando con los
principios de proximidad, calidad y cantidad de arbolado urbano. En esta línea,
se ha propuesto la regla del “3-30-300”: cada persona debería
poder ver al menos 3 árboles desde su casa, vivir en un barrio con al menos un
30 % de superficie cubierta por árboles y tener un parque a menos de 300
metros.
Revisar los acabados urbanos es tan urgente como
plantar árboles. Las cubiertas de los edificios pueden ser aliadas a la hora de
reducir el calor. Para ello, incorporar vegetación o materiales reflectantes
puede ser clave. Las fachadas también son importantes: una correcta decisión
sobre el color –mejor tonos claros– y el material de las mismas puede hacer que
éstas contribuyan a reducir el problema, en vez de a aumentarlo.
A nivel de suelo, es igualmente importante revisar los
sistemas de pavimentación. Hay que evitar el uso constante de asfalto y
hormigón, que absorben calor. Explorar materiales más permeables, frescos y con
vegetación integrada puede suponer una gran diferencia.
Viviendas adaptadas al calor
Pero no basta con mejorar el espacio público. También
se deben adaptar las viviendas para hacer frente al calor. En ellas pasamos la
mayor parte del tiempo y muchas no están preparadas. Por ejemplo, un estudio
reveló que el 85 % de las viviendas de Pamplona presentaron
temperaturas muy altas durante el verano de 2022.
El diseño de los edificios es determinante. Es
importante tener en cuenta ciertos aspectos
del diseño y la construcción para no agravar el problema del sobrecalentamiento.
El aislamiento térmico es el primer punto a
considerar. Aislar mucho un edificio es una medida positiva sobre todo en
invierno, pero también para el verano. Sin embargo, cuando el calor entra en
viviendas muy aisladas y herméticas es mucho más difícil liberarlo. La clave
está, pues, en el diseño: la distribución de la planta y las habitaciones debe
permitir una ventilación cruzada adecuada.
Los grandes ventanales son otro punto crítico. Hoy se
valoran por la luz natural y las vistas, pero si no se protegen adecuadamente
del sol, permiten que el calor entre de forma directa. Es importante que las
protecciones solares formen parte del diseño integral del edificio y no sean
elementos accesorios. El objetivo es frenar la radiación solar consiguiendo que
la casa no se quede a oscuras. Existen múltiples opciones como aleros,
persianas orientables, toldos o lamas, etc.
En cuanto al tipo de vivienda, las
que tienen una única orientación son especialmente vulnerables
a sufrir temperaturas interiores más altas.
Con la actual necesidad de vivienda, las nuevas casas
tienden a ser más pequeñas e incluso muchos pisos de los centros de las ciudades se están
dividiendo en apartamentos más reducidos. Esta tendencia es crítica
ya que hace que cada vez haya más inmuebles con una sola orientación. Por ello,
además de cumplir con la superficie mínima, sería necesario exigir que estas
construcciones garanticen unas condiciones mínimas de confort térmico.
Además, se ha demostrado que las viviendas situadas en
últimas plantas sufren entre
un 3.4 % y un 5.4 % más de horas de sobrecalentamiento que las
localizadas en plantas intermedias. Aislar mucho las cubiertas no es
la solución definitiva para reducir este sobrecalentamiento, ya que el
aislamiento tiene un límite de eficacia. Por ello, hace falta
invertir en innovación para mejorar la construcción en este punto de los
edificios.
Y no todo depende del diseño urbano o de la
arquitectura. Los ciudadanos también tienen que aprender a adaptarse al calor
dentro de las ciudades. Saber cómo gestionar las viviendas puede ser clave en
los días más calurosos: entender la orientación del hogar, ventilar en el
momento adecuado según la diferencia entre la temperatura interior y exterior o
utilizar correctamente las protecciones solares.
Una mirada al futuro
Cuando se analiza cómo adaptar las ciudades al calor,
no podemos olvidar la dimensión social del problema. El calor extremo no afecta
por igual a toda la población: las personas mayores, los niños y quienes viven
en viviendas de peor calidad o en barrios con poca vegetación sufren un mayor
riesgo.
Por último, tenemos que ser conscientes de que el
confort térmico no puede depender solo del aire acondicionado u otros sistemas
mecánicos. Es necesario pensar nuestras ciudades y viviendas para que, por su
propio diseño, puedan adaptarse al calor. En un mundo cada vez más caluroso,
las ciudades realmente adaptadas serán aquellas capaces de mantener el confort
térmico minimizando la dependencia del consumo energético.
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