Era
parca no solo de palabra sino de naturaleza, por eso la conocían en el barrio con
el apodo de Parquedad. En realidad, ese sustantivo le servía de nombre y
apellidos, porque los auténticos solo figuraban en su carné de identidad y a
ella no parecía importarle. A sus treinta y muchos años conservaba la belleza
pálida de esas figuras de porcelana antiguas, guardadas bajo una campana de
cristal.
Nadie
consideraba su actitud una cualidad o un defecto, sencillamente era su arraigada
personalidad. De joven había sido más comunicativa, abierta de carácter y
alegre, en contadas ocasiones, pero ya no quedaba rastro de ese comportamiento en
la memoria de sus vecinos de toda la vida, aunque sí en la suya.
De
gestos medidos para no demostrar nada que se interpretara como afectivo. Los sentimientos
a raya, guardados y perimetrados a propósito, aletargados o dormidos en un
lugar recóndito de su alma.
Su
cuerpo, quizá a fuerza de controlarlo, tampoco destacaba por nada en particular.
Los brazos y manos permanecían recogidos sobre su regazo si estaba sentada, y a
los lados, como pegados a él, si permanecía
de pie. Caminaba con pasos firmes y ligeros a la vez, sin hacer ruido para anunciar su llegada o
partida dondequiera que se encontrara.
Decía
las frases justas, sin una letra de más, zanjando muchas veces con monosílabos
las escuetas conversaciones mantenidas casi siempre por obligación.
De
rostro impasible, nunca traslucía gestos de bienestar o disgusto: Ni el ceño
fruncido, ni una ceja arqueada o los labios esbozando una mueca de alegría. Sin
embargo, la delataban sus ojos, desviados hacia el infinito cuando notaba su
inminente traición. Por ellos pasaban todas las palabras no pronunciadas, la felicidad
y la tristeza sin manifestar y hasta la nostalgia de un lejano amor
correspondido, pero ajeno y al margen de la moral popular.
Cuando
se encontró en la librería con Jaime, algo más que un viejo amigo, ni siquiera
con su habitual mirada huidiza pudo parar el dique de contención: Las manos en las
que sostenía un libro empezaron a agitarse y con un esfuerzo, mal disimulado, pudo
dejarlo en la estantería. Temblaban sin control y se las metió en los
bolsillos, cerrando los puños y guardándolas a la vista de cualquiera. Pero él
no era cualquiera y enseguida se dio cuenta de que, a su pesar, estaba
trasluciendo la emoción de volver a verlo y se le iluminó la cara con esa
sonrisa cómplice que años atrás lo enamoró.
Se acercó despacio mientras ella aflojaba cada
músculo de su cuerpo y le decía adiós a antiguos rencores. Mediaron dos, cuatro
y hasta seis pasos, saltándose el preámbulo de ningún saludo, cuando las manos
atrevidas de Jaime rodearon su cintura sin resistencia y las de ella salieron de
su escondite para abrazarlo.
—Vuelvo para quedarme contigo, si me dejas —le susurró él al oído.
Luego le acarició despacio la mejilla con sus
labios hasta llegar a la boca. Se besaron con el placer intacto y reconocible
de otros tiempos.
El atavismo del instinto, largamente agazapado en Parquedad, volvió a la vida dejando
atrás su letargo de silencios.
—Has tardado mucho. Desde tu partida he vivido como
en una crisálida a la espera de este día. Siempre compartimos la certeza de que
el amor clandestino multiplica la pasión.
Esperanza Liñán Gálvez

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Por favor: Se ruega no utilizar palabras soeces ni insultos ni blasfemias, así todo irá sobre ruedas.
Reservado el derecho de admisión para comentarios.