21 julio 2025

UN SUSTANTIVO POR NOMBRE

 



Era parca no solo de palabra sino de naturaleza, por eso la conocían en el barrio con el apodo de Parquedad. En realidad, ese sustantivo le servía de nombre y apellidos, porque los auténticos solo figuraban en su carné de identidad y a ella no parecía importarle. A sus treinta y muchos años conservaba la belleza pálida de esas figuras de porcelana antiguas, guardadas bajo una campana de cristal.   

Nadie consideraba su actitud una cualidad o un defecto, sencillamente era su arraigada personalidad. De joven había sido más comunicativa, abierta de carácter y alegre, en contadas ocasiones, pero ya no quedaba rastro de ese comportamiento en la memoria de sus vecinos de toda la vida, aunque sí en la suya.  

De gestos medidos para no demostrar nada que se interpretara como afectivo. Los sentimientos a raya, guardados y perimetrados a propósito, aletargados o dormidos en un lugar recóndito de su alma.  

Su cuerpo, quizá a fuerza de controlarlo, tampoco destacaba por nada en particular. Los brazos y manos permanecían recogidos sobre su regazo si estaba sentada, y a los lados,  como pegados a él, si permanecía de pie. Caminaba con pasos firmes y ligeros a la vez,  sin hacer ruido para anunciar su llegada o partida dondequiera que se encontrara.

Decía las frases justas, sin una letra de más, zanjando muchas veces con monosílabos las escuetas conversaciones mantenidas casi siempre por obligación.

De rostro impasible, nunca traslucía gestos de bienestar o disgusto: Ni el ceño fruncido, ni una ceja arqueada o los labios esbozando una mueca de alegría. Sin embargo, la delataban sus ojos, desviados hacia el infinito cuando notaba su inminente traición. Por ellos pasaban todas las palabras no pronunciadas, la felicidad y la tristeza sin manifestar y hasta la nostalgia de un lejano amor correspondido, pero ajeno y al margen de la moral popular.

Cuando se encontró en la librería con Jaime, algo más que un viejo amigo, ni siquiera con su habitual mirada huidiza pudo parar el dique de contención: Las manos en  las que sostenía un libro empezaron a agitarse y con un esfuerzo, mal disimulado, pudo dejarlo en la estantería. Temblaban sin control y se las metió en los bolsillos, cerrando los puños y guardándolas a la vista de cualquiera. Pero él no era cualquiera y enseguida se dio cuenta de que, a su pesar, estaba trasluciendo la emoción de volver a verlo y se le iluminó la cara con esa sonrisa cómplice que años atrás lo enamoró.

Se acercó despacio mientras ella aflojaba cada músculo de su cuerpo y le decía adiós a antiguos rencores. Mediaron dos, cuatro y hasta seis pasos, saltándose el preámbulo de ningún saludo, cuando las manos atrevidas de Jaime rodearon su cintura sin resistencia y las de ella salieron de su escondite para abrazarlo.   

—Vuelvo para quedarme contigo, si me dejas le susurró él al oído.

Luego le acarició despacio la mejilla con sus labios hasta llegar a la boca. Se besaron con el placer intacto y reconocible de otros tiempos. 

El atavismo del instinto, largamente agazapado en Parquedad, volvió a la vida dejando atrás su letargo de silencios.

Has tardado mucho. Desde tu partida he vivido como en una crisálida a la espera de este día. Siempre compartimos la certeza de que el amor clandestino multiplica la pasión.

                                                                                       Esperanza Liñán Gálvez

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Por favor: Se ruega no utilizar palabras soeces ni insultos ni blasfemias, así todo irá sobre ruedas.
Reservado el derecho de admisión para comentarios.

Buscar