Relato
Breve de Antonio Pareira
Al saberse que iban a derribar el cine municipal los
teléfonos empezaron a funcionar y fuimos bastantes los que viajamos a nuestra
ciudad para decir adiós al caserón donde habíamos aprendido tantos gestos.
Había que adelantarse a la piqueta desalmada. Cada cual
quería quedarse con un recuerdo, los viejos carteles de un transatlántico con
las luces encendidas o de apariciones de la Virgen o de los besos de tornillo
de una espía rusa.
Al final, decidieron que habría una voladura controlada. Sería la última
película que nos diesen.
Pero el espectáculo fue que al estampido de la dinamita
se espantaron los caballos de la Remonta y rompieron vallas y galoparon las
calles, y todos caímos en la cuenta de que no hubiera podido existir el arte
del cine si no se hubieran inventado los caballos.
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