“Nene,
ven aquí que te voy a dar un ostión”. Al oír a la abuela de mi amigo decir aquélla
“picardía” tan gorda siempre me quedaba un poco perplejo, hasta que supe lo que
era. Porque lo que se dice ostia, ergo guantazo, no era tal sino un trozo de
pastel, y éste no de dulce sino de ternera y jamón; a mí siempre me parecía que
la abuela de ese niño era un poco deslenguada en el hablar. Lo del pastel de ternera
y jamón fue muy popular en Málaga allá por mediados del siglo XIX. En “E1
Avisador Malagueño”, que era un periódico de ésta tierra el 15 de Octubre de
1854 anunciaba: “Pastel
de ternera y jamón a real ración, pasteles de ostiones y otros de meollada a
cuatro cuartos cada uno”.
La meollada son los sesos de cualquier animal cuadrúpedo.
Ésta mujer solía cantar
muchas canciones de su tierra malagueña; algunas las recuerdo cuando consulto
libros de la provincia y éstos son como fogonazos que alumbran mi memoria. Hace
unos días leí y anoté varios que por su gracia merecen ser contados. Salvador
Rueda solía hacer poesía de todo lo que veía en la calle y sobre todo de los
vendedores ambulantes de pescado; en una de ellas dice: “Llevo
el pulpo alunarado. / el jurel amarillento. / y el salmonete sangriento / por
el sol disciplinado / .
Claro que ésta canción también la recitaba mi abuela. Ella decía que en su
tierra los hombres que venden pescado por las calles lo hacían en cenachos, y
como todo el mundo sabe aquí en Málaga, a la salida del puerto nos saludaba la
estatua de un señor descalzo y cantando su mercancía recién cogida del copo en
las playas malagueñas. A propósito de ésta estatua del cenachero malagueño;
hace unos meses la persona que sirvió de modelo falleció en la barriada de El
Palo cargado de años.
Como a muchas personas que
leen algún relato o ven una fotografía le vienen a la memoria cosas de hace
años, a mí, al ver la fotografía de cuando empezaron a construir nuestra plaza
de toros, allá por los cuarenta, que era la década en que mi madre me parió con
sus correspondientes dolores, recuerdo que cuando era pequeñillo mi padre me
entraba a los toros en su flamante regadera de bomberos con su ayudante,
Infantes, por la puerta de la lotería de Caridad. Recuerdo a un hombre muy
mayor que pregonaba algo para el aseo. Creo que ese hombre no hizo mucho
negocio con sus ventas porque solamente se le vio un año en la feria de
Septiembre. Imagino que vendría con los feriantes y al acabar la misma se
volvería para su tierra. Mi curiosidad infantil me obligaba a preguntar a mi
padre qué jabón o colonia vendía aquél hombre si no se le veía nada que se
refiriera al aseo; mi padre me contestaba que eran unas almohadillas muy
corrientes para que la gente se sentara en ella y no se manchara el culo, pero
la letra y la forma de pregonarlo eran iguales a las que oía aquí en Málaga
varias décadas después. El pregón era: Aseo
pa la ropa, / er aseo, / a peseta er aseo, / pa no ensuciarse los carzones, / a
peseta er aseo /.
Claro que cuando lo vi en Málaga ya no costaba una peseta sino cien.
Existe un dicho famoso que
es algo jocoso: “La
carabina de Ambrosio”.
Ser como la carabina de Ambrosio significa, algo así como que lo que haces no
vale para nada. ،، ¡Esto es la carabina de Ambrosio! “, viene uno a decir
que es un puro cachondeo cuando algo serio se convierte en eso, un sopleo donde
todo el mundo pasa de la cuestión seria.
Cuentan
que el tal Ambrosio era un campesino que vivió a principio del siglo XIX; al
ver que sus cosechas eran tan miserables por varios años de sequía decidió
cambiar el arado y la espiocha por una vieja carabina desvencijada y echarse al
monte, en plan bandolero y salteador de caminos. Pero el pobre hombre como era
tan apocado e incapaz de hacer daño a nadie, cada vez que detenía a alguien en
los caminos, apuntándole con su vieja escopeta, que mas bien parecía una de
madera como las que juegan los niños, para que soltaran todo lo de valor que
llevaban encima, los asaltados se lo tomaban a chufla y ni caso le hacían. Él
decía que era por culpa de la escopeta, entregando sus pertenencias, a veces, a
los que creía que eran más pobres que él.
Otro dicho que merece una reflexión es: “Una
sola boca hay / y dos orejas tenemos. / para que oigamos más que hablemos ” /. Éste se parece al proverbio latino que dice: “La
sabiduría viene de escuchar; de hablar, el arrepentimiento”.
Juan J. Aranda
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