Artículo
de Pablo Toribio, Científico Titular
(Filología Latina), Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS - CSIC).
Publicado en la revista digital The Conversation.
El latín es una lengua familiar y extraña al mismo
tiempo. Si a alguien que hable español se le pone por delante un párrafo
escrito en latín, podrá adivinar parentescos entre buena parte de las palabras
ahí presentes y muchas palabras de su lengua nativa, y todavía más si tiene
competencias en otras lenguas romances. Ahora bien, si esta persona no ha
estudiado latín con una mínima profundidad, es casi imposible que pueda dar con
el significado del párrafo.
Con algunas lenguas hermanas nos basta un trato más o
menos superficial para entender a grandes rasgos qué quieren decirnos: no sólo
venimos de la misma familia sino que, sobre todo, pertenecemos a la misma
generación. Pero nuestra anciana lengua madre pertenece a una generación
remota. Su modo de razonar y de hacer las cosas es muy diferente al nuestro, y
además nos cuesta comprender el mundo al que se refiere.
El latín como lengua antigua
Efectivamente, el mundo que de inmediato
se asocia al latín, el de los antiguos romanos, no es ya –¡afortunadamente!– el
nuestro. Los filólogos clásicos siempre han entendido como una parte
fundamental de su trabajo entender el mundo cultural de las sociedades
antiguas. “Pasar del idioma a los hechos materiales e ideales que en ese idioma
se expresaron”, según las palabras de Menéndez Pidal en su presentación de la
revista Emerita (1933).
Lo que escribieron los antiguos no es cristalino,
incluso cuando parece serlo, y por eso el mejor aprendizaje que se extrae de la
filología es la necesidad de someter cualquier texto a un escrutinio profundo
antes de darlo por comprendido –si es que esto último es posible.
Esa idea humanística la encontramos en lugares que nos
pueden parecer tan inverosímiles como estos apuntes de Isaac Newton (1726):
“Tal era el verdadero significado de las
palabras "theos” y “deus” (“dios”) para todos los griegos y latinos
antiguos, pero nosotros, cambiando el significado de sus palabras, hablamos de
forma corrupta sus lenguas".
De manera análoga a cuando un filólogo explica que,
por ejemplo, “cálculo” significa originalmente “piedrecita”, Newton quiere
decir aquí que la palabra “dios” significa originalmente “dueño”.
El latín como lengua europea común
Pero Newton escribió esas palabras… en latín. En el
primer tercio del siglo XVIII, esa práctica estaba empezando poco a poco a
abandonarse, pero hasta entonces, escribir en latín había sido la primera
opción razonable para quien escribía sobre ciencia o filosofía.
El latín había sido hasta entonces la lengua europea
de cultura, incluso la lengua práctica de comunicación internacional en muchos
contextos y regiones. En latín se escribió más que en ninguna otra lengua
europea durante toda la Edad Media y la primera Edad Moderna, cuando hacía
siglos que no quedaba vivo ningún hablante nativo.
Además, fue la lengua que más influyó en la
estandarización de las vernáculas europeas –no sólo de las lenguas romances,
sobre las que el latín ha ejercido un efecto doble, el “genético” o etimológico
y también el sincrónico (semejante a la influencia actual del inglés sobre el
español, por ejemplo).
Teniendo en cuenta todo esto, el latín ha llegado a
calificarse como “la lengua con más éxito del mundo”. Las cifras que habitualmente se manejan
para esbozar sus dimensiones resultan apabullantes: en la estimación –muy
conservadora– de Jürgen Leonhardt, el 95% de los textos
conservados en latín se escribieron después de la Edad Media y casi todo el 5%
restante en la propia Edad Media. Sólo una proporción muy inferior al 1%
procede de la Antigüedad. Es una cantidad comparativamente exigua que, además, está
constituida en sus cuatro quintas partes por literatura cristiana.
Estos números generan una mezcla de asombro y
suspicacia en el auditorio, incluso –o sobre todo– cuando está compuesto de
clasicistas. Aquí el latín se muestra de nuevo como una lengua familiar y
extraña al mismo tiempo.
Nuevos documentos en latín
Dichas consideraciones rara vez se mencionan a la hora
de insistir en la necesidad de estudiar latín. Por supuesto, siempre será
necesario que exista alguien capaz de leer a Tácito –y a Spinoza– en su latín
original, pero también será imprescindible que exista siempre alguien capaz de
leer cada nuevo documento latino que a diario se rescata de los archivos. De
estos últimos, no existirá con seguridad ninguna traducción a la que recurrir.
Existe el “mundo clásico”, cuya relevancia para
nuestros horizontes culturales cabe reivindicar en muchos aspectos –y que en
otros resulta muy saludable cuestionar. Pero el mundo clásico no es el único
mundo del latín.
El mundo de los cronistas y amanuenses, profesores y
filósofos, experimentalistas y teólogos, inquisidores y herejes,
librepensadores y censores, son también mundos legítimamente latinos. Comparten
sin duda la Antigüedad como referente ineludible, pero no pueden entenderse sin
más como mera prolongación o “pervivencia” de ésta.
Como “signo europeo” –mucho más que como signo de los
antiguos romanos–, el latín es rico en luces y sombras que nos ayudan a
comprender nuestro pasado y aun nuestro presente.
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