GRANADOS.
El pasado 31 de mayo, sobre el escenario
del Teatro Cervantes, el violinista Jesús
Reina (Málaga, 1986) y su grupo de excelentes músicos pusieron el broche a
la XIV edición de Málaga Clásica con
la interpretación del “Quinteto para cuerda y piano” de Enrique Granados. Y
precisamente en el número de esa semana de El
Cultural se publicaba la recensión del libro de Marta San Miguel, Última escala, de la que extraigo unas
líneas:
En el ensanche de Barcelona está la calle
dedicada a Enric Granados y en una placa de mármol se lee: Compositor i
pianista, Lleida,1867-En mar, 1916. La fecha final recuerda que el músico y su
mujer murieron ahogados cuando volvían de Nueva York en el buque británico Sussex
que se hundió alcanzado por el torpedo que lanzó un submarino alemán.
Granados
lo tiene todo como personaje. Genio precoz y autodidacta, dejó obras inmortales
como Goyescas, una suite convertida
en ópera, insufló un aire nuevo a la música española y murió, prematura y
trágicamente, en la cima de su popularidad.
En el libro comentado se saca partido a
aspectos decisivos de su biografía, como la estancia en París, o la amistad con
Pau Casals e Isaac Albéniz. Este último desempeñaría un papel central en la
consagración madrileña de Granados, ya que, gracias a su mediación, el catalán
interpretó en el Ateneo, centro de la élite cultural de la Villa, sus Danzas españolas, que ya habían causado
sensación en Barcelona dos años antes en el Teatro Lírico donde el público
pidió la repetición hasta nueve veces de la Danza nº2, Oriental.
Granados armonizaba el pianismo más refinado
con las canciones populares españolas, fruto de un trabajo de campo que exigía
viajar por España, pidiendo a los campesinos que le cantasen sus coplas para
notar él la letra y las músicas. Fue capaz de viajar a Murcia solo para
escuchar los “auroros”, unas coplillas de la calle que se cantaban al alba para
invitar a los vecinos a participar del rosario.
Con este método el autor componía
después delicadas pìezas basadas en el fandango, la zambra granadina o la
rondalla aragonesa, integrando el folclore español con el romanticismo y el
modernismo de la época.
El el libro se retrata la Barcelona
modernista con las protestas violentas contra la guerra de Cuba mientras en
casi cada local de la ciudad había un piano a disposición de los numerosos
intérpretes, de Albéniz a Parera, de Nogués a Picó. Granados participa a su
modo en la Renaixença -colabora en la
fundación del Orfeó Català- pero sufre
la intransigencia de los nacionalistas que le acusan, con desprecio, de
“escribir danzas andaluzas”, de lo que él se defiende en una carta: “A mi me
parece que el arte no tiene nada que ver con la política”.
La autora dibuja el perfil de artista
predestinado a triunfar y da importancia a los dos años de estudio en Paris,
tras los cuales “sus dedos parecen más largos y ha adoptado la elegancia de
Bériot sobre el teclado; se ha dejado bigote, ha aprendido francés, se ha hecho
amigo de Saint-Säens, Debussy y Ravel”.
El ataque alemán sobre
el Sussex abrió una crisis diplomática
en el curso de la I Gran Guerra y nos dejó la imagen del músico y su mujer
Amparo Gal, arrastrados por un mar que dejó seis huérfanos y privó a la música
española de uno de sus talentos más
brillantes.
JOSÉ RAMÓN TORRES GIL.
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