09 junio 2026

EL CULTURAL (34)

 

GRANADOS.

    El pasado 31 de mayo, sobre el escenario del Teatro Cervantes, el violinista Jesús Reina (Málaga, 1986) y su grupo de excelentes músicos pusieron el broche a la XIV edición de Málaga Clásica con la interpretación del “Quinteto para cuerda y piano” de Enrique Granados. Y precisamente en el número de esa semana de El Cultural se publicaba la recensión del libro de Marta San Miguel, Última escala, de la que extraigo unas líneas:

   En el ensanche de Barcelona está la calle dedicada a Enric Granados y en una placa de mármol se lee: Compositor i pianista, Lleida,1867-En mar, 1916. La fecha final recuerda que el músico y su mujer murieron ahogados cuando volvían de Nueva York en el buque británico Sussex que se hundió alcanzado por el torpedo que lanzó un submarino alemán.

   Granados lo tiene todo como personaje. Genio precoz y autodidacta, dejó obras inmortales como Goyescas, una suite convertida en ópera, insufló un aire nuevo a la música española y murió, prematura y trágicamente, en la cima de su popularidad.

    En el libro comentado se saca partido a aspectos decisivos de su biografía, como la estancia en París, o la amistad con Pau Casals e Isaac Albéniz. Este último desempeñaría un papel central en la consagración madrileña de Granados, ya que, gracias a su mediación, el catalán interpretó en el Ateneo, centro de la élite cultural de la Villa, sus Danzas españolas, que ya habían causado sensación en Barcelona dos años antes en el Teatro Lírico donde el público pidió la repetición hasta nueve veces de la Danza nº2, Oriental.

   Granados armonizaba el pianismo más refinado con las canciones populares españolas, fruto de un trabajo de campo que exigía viajar por España, pidiendo a los campesinos que le cantasen sus coplas para notar él la letra y las músicas. Fue capaz de viajar a Murcia solo para escuchar los “auroros”, unas coplillas de la calle que se cantaban al alba para invitar a los vecinos a participar del rosario.

Con este método el autor componía después delicadas pìezas basadas en el fandango, la zambra granadina o la rondalla aragonesa, integrando el folclore español con el romanticismo y el modernismo de la época.

  El el libro se retrata la Barcelona modernista con las protestas violentas contra la guerra de Cuba mientras en casi cada local de la ciudad había un piano a disposición de los numerosos intérpretes, de Albéniz a Parera, de Nogués a Picó. Granados participa a su modo en la Renaixença  -colabora en la fundación del Orfeó Català-  pero sufre la intransigencia de los nacionalistas que le acusan, con desprecio, de “escribir danzas andaluzas”, de lo que él se defiende en una carta: “A mi me parece que el arte no tiene nada que ver con la política”.

    La autora dibuja el perfil de artista predestinado a triunfar y da importancia a los dos años de estudio en Paris, tras los cuales “sus dedos parecen más largos y ha adoptado la elegancia de Bériot sobre el teclado; se ha dejado bigote, ha aprendido francés, se ha hecho amigo de Saint-Säens, Debussy y Ravel”.

    El ataque alemán   sobre el Sussex abrió una crisis diplomática en el curso de la I Gran Guerra y nos dejó la imagen del músico y su mujer Amparo Gal, arrastrados por un mar que dejó seis huérfanos y privó a la música española de  uno de sus talentos más brillantes.

JOSÉ RAMÓN TORRES GIL.

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