20 febrero 2026

TIEMPO FELIZ DE LECTURA

 


Parece lógico que una saludable forma de sustentar argumentos, entre otras opciones, es la valiosa y directa experiencia personal. Una opinión o apreciación, que sobrevuela en los comportamientos sociales, es que actualmente se compran y se leen menos libros, con respecto a otras etapas de pasado. Se achaca esta percepción, que cada vez se lee menos, a la competencia digital de las redes sociales. Jóvenes y mayores carecen de tiempo para ponerse un libro en las manos, dedicando horas a la plácida lectura. Es cierto que practicamos una vida acelerada y competitiva, en la que los relojes marcan nuestros quehaceres. Recordamos con nostalgia cómo se escribían y leían aquellas cartas del pasado. Hoy prevalecen los mensajes cortos del Whatsapp, incluso por encima de los e-mails o correos electrónicos. De hecho, es el signo de los tiempos para la inmediatez, en muchos países están quitando los buzones de correo en las calles, en donde se “echaban” aquellas cartas caligráficas, que nos ayudaban tanto a comunicar. Cuando miramos en nuestros buzones domiciliarios, sólo hay sobres de bancos y publicidad. Eso de “ponerse a escribir” con bolígrafo y papel son comportamientos obsoletos del pasado, en nuestros estresados hábitos.

Por supuesto que los editores se van adaptando a los tiempos digitales. Además de ofertar sus libros y novedades bibliográficas en soporte papel, también están utilizando la posibilidad de los e-books, los libros digitales, que pueden ser leídos en las pantallas de los tablets, móviles y ordenadores personales, portátiles o fijos. Es una realidad que los libros digitales tienen un precio algo menor que los editados en papel.



El mundo de la prensa en papel también está sufriendo el “vendaval” digital. En los antiguos puestos callejeros de periódicos, aún podemos ver las portados de las revistas semanales del corazón, pero cada vez se vende menos prensa en papel. Las antiguas y voluminosas rotativas van desapareciendo, a causa del avance de los periódicos instantáneos en la información, optimizando las vías digitales. Las empresas mediáticas de la comunicación ofertan atractivos incentivos a los nuevos suscriptores (que tienen acceso a los mejores artículos) sobre los simples lectores que entran en sus páginas web. Tienen que luchar contra una muy dura competencia, pues está en juego el reparto de los vitales ingresos del “pastel” publicitario.

En este contexto, también hay que plantear el siguiente interrogante: ¿Cuántas librerías hay en nuestra localidad? Compárese este número con los establecimientos dedicados a la venta de ropa, restauración, productos electrodomésticos y de alimentación. Sin embargo, vamos a aplicar a esta supuesta “crisis comercial bibliográfica” la experiencia personal que hemos vivido en las pasadas navidades. Al visitar librerías en Málaga capital (Casa del Libro, FNAC, Luces, Corte Inglés, Proteo, Agapea, Rayuela etc) buscando determinadas obras y autores, era sorpresivo ver “colas” de clientes para pagar los libros que habían adquirido o para recoger otros ejemplares que habían encargado por Internet. Estar rodeado de libros y personas, que consultaban las novedades y especialidades temáticas, era verdaderamente alentador. Habría que entender que, si se estaban vendiendo tantos libros, sería para disfrutar con su lectura o regalarlos.

Hablando con algunas personas, mientras esperábamos que nos llegara el turno, me comentaban: “Para mí no es lo mismo leer en papel, tener el libro entre mis manos, poder subrayarlo, que tener que leer en pantalla”. El olor a tinta y a papel impreso, con esos contenidos llenos de magia y lucidez, es algo que potencia el amor a los libros y a la cultura. Desde luego es evidente que la relación Navidad-regalo puede justificar esta densificación de clientes en los establecimientos libreros. Pero en otras fechas del calendario, difícilmente hemos entrado en una librería vacía de clientes.


Una imagen que me ha quedado grabada en la memoria, durante estas fechas navideñas, es la expresión de intensa desilusión que ofrecía aquel joven o aquel cliente de más edad, cuando preguntaba por una determinada obra y el vendedor le decía (incluso sin consultar en la base de datos del ordenados) “lo siento, ese título está agotado. Ha sido muy demandado por el público lector”. La entristecida imagen contrastaba con el rostro pleno de alegría de otro cliente, cuando a éste le respondían “ha tenido suerte. Nos queda en la tienda un solo ejemplar”. Es esperanzador comprobar cómo los libros siguen llegando a nuestros hogares.

Un aspecto interesante es que, al consultar por Internet, algunas editoriales suelen añadir, entre la información sobre un determinado libro, un dato interesante: el tiempo en minutos que se tarda en leer esa novela, ensayo o biografía. Obviamente, es un dato “medio” o aproximativo. Hay personas que leen más rápido que otras. Hay que contar también con el número de páginas impresas. Y entiendo que se refieren al tiempo total, pues no creo que se pueda leer un libro que supere las cien páginas “de un tirón” o estar tres o cuatro horas sin levantarse del asiento con un determinado libro.


El ritmo de lectura es variado en cada persona. Además, existen métodos de “lectura rápida”, captándose la información más notoria. Personalmente me agrada realizar una lectura lenta, deteniéndome en las palabras o frases más relevantes. Es conveniente detener la lectura, para realizar una reflexión de lo más relevante o trascendente acerca de lo que se acaba de leer. Es conveniente hacer breves descansos, a fin de relajar o reestructurar nuestra mente. Y al volver al punto en el que nos habíamos quedado (gracias al señalador) “rebobinar” los párrafos o páginas previas, para entrar mejor en situación.  También resulta muy útil analizar las fotos, láminas o dibujos que acompañen al texto. Al llegar al final de los capítulos del libro, resulta aconsejable construir mentalmente una síntesis, destacando los valores más interesantes que el escritor nos haya transmitido en los contenidos de la obra. Hay libros que necesitan o merecen una segunda lectura, para entender o fijarnos en detalles que durante primera lectura no hayamos captado. Si se tiene tiempo para hacerlo, puede ser también interesante subrayar frases o datos, con ese señalizador de colores, que nos ayudan en una posterior consulta. Hay que reiterar que la lectura pausada, como en los buenos menús, resulta más sana y digestiva. Lo verdaderamente importante es dedicar tiempo a una feliz lectura. LEER, pero también ESCRIBIR.


 José L. Casado Toro

Febrero, 2026




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